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31 de agosto de 2011

Transitoriedad – Shogyoumujou しょぎょうむじょう 諸行無常

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Primero que nada me gustaría dejar en claro de donde salió esta información, la cual es uno de los tantos pasos (bueno ese es mi criterio) para ser una mejor persona… Kirainet es un blog creado por Héctor García en el cual cuenta día a día sus acontecimientos sobre este mundo del sol naciente, como va conociendo la vida de Japón y nos demuestra su talento con la fotografía, bueno creo que es todo lo que puedo decir, lo demás lo dirá el blog una cosa es segura que el mundo asiático hay muchas cosas que debemos aprender no solamente para nosotros sino para que el mundo sea mejor.

Por Héctor García

“Una de las lecciones de vida que he aprendido de los japoneses es a no preocuparme demasiado por nada. La cultura occidental nos inculca mucho el preocuparnos por el futuro, en las culturas asiáticas he notado que la mayoría de la gente no se preocupa tanto por el futuro y se centran más en el presente y futuro cercano. Tienen una visión más transitoria de la vida, en general sienten menos apego a cosas-objetos y también quizás a personas. No quiero decir que no quieran a sus seres más cercanos, sino que saben aceptar con mayor facilidad el separarse de alguien querido que nosotros (Estoy generalizando según lo que yo he visto hasta ahora).

Japón es uno de los países menos religiosos del mundo, pero aún así, las ideas fundamentales del budismo y el sintoísmo están embebidas en la sociedad. En España también hay muchas ideas del cristianismo (Aunque no seamos creyentes) que nos son “incepcionadas” por nuestro entorno sin notarlo: nuestra educación, nuestras experiencias, hablando con gente, leyendo libros, viviendo la vida en general. Por ejemplo, una de esas ideas más arraigadas que tenemos casi los españoles, es la idea del pecado. Si eres creyente sientes mucha culpabilidad si haces algo que se supone que es malo porque Dios siempre te está mirando y aunque no creas en ningún Dios también sientes culpabilidad, de alguna forma la “idea” general de “pecado” está dentro de ti aunque no seas creyente. En las religiones y filosofías de Japón la idea de pecado es mucho más débil, pero también existe una forma de controlar que los humanos no hagan el mal, aquí se cree que si haces algo bueno a algo o a alguien, el “equilibrio del universo” te recompensará con algo bueno, pero si haces algo malo a algo o a alguien el “universo” te castigará con algo malo. Se cree en el “balance” de todo, en el ying y el yang del taoísmo. Las ideas de la mayoría de las religiones, éticas, filosofías de nuestro planeta difieren en muchos aspectos pero en otros, normalmente en los componentes fundamentales de nuestra forma de vivir, se ponen de acuerdo. La idea del pecado nos aleja de hacer el mal en occidente, la idea del ying-yang aleja a los asiáticos de hacer el mal.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Y vamos al grano, ¡que me estoy yendo por las ramas! Una de esas ideas fundamentales que están extendidas misteriosamente por la mente de la mayoría de japoneses y también por Asia en general es la de la transitoriedad. Es un concepto proveniente del budismo, es sánscrito se pronuncia sabbe-saMkhaaraa-aniccaa, y en japonés se utiliza la palabra Shogyoumujou しょぎょうむじょう 諸行無常. La definición en español de la palabra sería algo así como:

諸行無常 [しょぎょうむじょう: SHOGYOUMUJOU] : todas las cosas de este mundo material son transitorias

Y la palabra se puede descomponer en dos partes:

Los dos primeros kanji: 諸行 [しょぎょう: SHOGYOU] : todos los fenómenos y cosas del mundo material

Los dos últimos kanji: 無常 [むじょう: MUJOU] incertidumbre

La vida humana es un flujo continuo de experiencias, personas y cosas. Puesto que todas ellas son transitorias, intentar aferrarse con demasiada energía a algo es un empeño en vano que conduce al sufrimiento. Es una forma de aprender a aceptar el cambio continuo que nos rodea. El Shogyoumujou está presente en muchos aspectos de la forma de ser de los japoneses, en la sociedad y en sus artes. Por ejemplo:

  • El Ikebana (Arreglo floral): es algo por lo que te esfuerzas al máximo para disfrutar del camino, pero enseguida la belleza de las flores se verá diluida por el paso del tiempo
  • La obsesión que tienen los japoneses por la belleza de los fuegos artificiales es otro ejemplo de belleza que desaparece al instante
  • La ceremonia del té también es un arte, tradición, al que hay que dedicarle mucho tiempo para dominarlo pero su ejecución es algo meramente efímero
  • Los jardines de arena Zen también son frágiles y “sufren” cambio en cuanto llueve o hace viento
  • La gran afición que tienen los japoneses simplemente por ver flores, la tradición del hanami también se disfruta durante una semana y luego hay que esperar al año siguiente para que vuelva
  • Los cocineros y restaurantes japoneses, aunque sea un sitio barato, en general dedican mucho tiempo a que la presentación de la comida sea bella, aun sabiendo que esa belleza va a desaparecer en el momento en que alguien se la coma.
  • Los edificios y casas en Japón se construyen pensando que van a ser reemplazados en unos 20 o 30 años. En Japón hay muy pocos edificios de más de de 50 años. No se construye para que permanezca, se construye para que sea útil en ese momento.
  • En Japón hay muchísimas tiendas de segunda mano. En general, los japoneses no sienten tanto cariño por objetos como nosotros. Suelen deshacerse de objetos una vez dejan de serles útiles ya sea tirándolos o vendiéndolos en tiendas de segunda mano. Por ejemplo, se suelen ver muchos libros y manga por las calles. Según lo que he visto yo, en las casas japonesas hay muchos menos objetos que en nuestras casas en occidente.
  • Los interiores de las casas tradicionales japonesas tienen paredes que se pueden cambiar con libertad. El interior de la casa CAMBIA según la estación.
  • Los protagonistas en mangas y anime japoneses suelen ser mortales. Durante el transcurso del manga se suele ver la evolución de los personajes, como crecen a través de experiencias y en algunos mangas incluso mueren. En cómics americanos los héroes suelen ser inmortales y siempre se muestran en el mismo “estado de perfección”, no cambian.
  • En Japón se suelen ver muchas más remodelaciones de casas, tiendas, edificios, lugares públicos que en occidente. Les da menos miedo cambiar.

Son sólo algunos ejemplos, pero podría seguir escribiendo durante horas. Por supuesto, en occidente también hay mil ejemplos de transitoriedad pero por lo general nos gusta más intentar parar el tiempo, intentar para el cambio (Que es inevitable) en vez de aceptarlo. En occidente construimos edificios para que perduren en el tiempo, nuestras casas no cambian mucho en 10 o 20 años, en nuestros museos tenemos estatuas que prácticamente no han cambiado en miles de años, cuanto más vieja la estatua y cuanto menos haya cambiado más valor tiene, lo mismo con los cuadros y el arte en general. En Japón algunos de los templos más valiosos del país fueron reconstruidos hace apenas 20 años. En occidente solemos guardar cosas, pensando que alguna vez en el futuro quizás las necesitemos, en vez de practicar arreglo floral jugamos con arcilla y creamos objetos que son más permanentes. En occidente gente de poder y/o fama desea que sus nombres permanezcan en la historia, quieren la eternidad.

He estado pensando y quizás está mentalidad de combatir al cambio, de intentar crear cosas eternas quizás venga de la cultura Egipcia y después evolucionó en Grecia. Los egipcios construyeron para la eternidad, sus templos y pirámides aguantan el paso de los milenios, sus mitos, su historia, sus faraones y sus leyendas también han sobrevivido hasta nuestros días. Los héroes griegos, sus mitos, su cultura, sus esculturas, sus templos también han sobrevivido el paso mucho tiempo. La cultura griega quería resonar en la eternidad desesperadamente y lo consiguió:

Ulises dijo:

“La humanidad está hechizada por la vastedad de la eternidad. Si nos preguntamos a nosotros mismos: ¿harán eco nuestras acciones a través de las centurias? ?¿Escucharán los hombres y mujeres del futuro nuestros nombres una vez nos hayamos ido y se preguntarán quienes fuimos, se acordarán de la bravura con la que luchamos, y la fuerza con la que amamos a nuestros cercanos?

“Si alguna vez alguien cuenta mis historia, déjales que digan que caminé con gigantes. Hombres nacen y caen como el trigo en invierno, pero estos nombres nunca morirán. Déjales que digan que viví en los tiempos de Héctor. Déjales que digan que viví en los tiempos de Aquiles”

“Esta guerra nunca será olvidada, tampoco los héroes que lucharon en ella”

En las palabras de Ulises se puede entrever cierto miedo a a ser olvidado, miedo al paso del tiempo, miedo al cambio, miedo a desaparecer de este mundo para siempre. Ulises quería ser recordado para siempre y lo consiguió.

No sólo Ulises, los seres humanos estamos programados para ser reacios al cambio, nos gusta la seguridad. Más a unos que a otros, pero nos gusta tener nuestra vida más o menos controlada y nos estresamos cuando hay demasiadas variables fuera de control. Seguramente sea algo relacionado con la evolución, cuando estamos en un entorno estable nuestro subconsciente está tranquilo porque sabe que no hay peligros, sabe que vamos a sobrevivir. Por el contrario, si afrontamos demasiados cambios a la vez sentimos riesgo y seguramente se activen en nuestro subconsciente miedos relacionados con la supervivencia de nuestros genes. Por ejemplo sentimos estrés ante una mudanza (El subconsciente se pregunta si “sobreviviremos” en el nuevo lugar), sentimos miedo ante la pérdida nuestro trabajo (El subconsciente se pregunta si “sobreviviremos” sin dinero que necesitamos para comer), sentimos miedo ante la pérdida de nuestra pareja (El subconsciente se pregunta si encontraremos la siguiente pareja ideal con la que podamos transmitir nuestros genes a las siguientes generaciones). Nuestra naturaleza, diseñada para que nuestros genes sobrevivan, es reacia al cambio, que casi siempre supone un riesgo.

Aun sabiendo que es inevitable, nos desconcierta el paso del tiempo, el cambio a nuestro alrededor, hablamos sobre lo que cambia, sentimos nostalgia, añoramos los viejos tiempos, nos gusta recordar los 70, los 80 y últimamente los 90. Por supuesto, a los japoneses también les cuesta aceptar el cambio, les gusta mucho recordar los viejos tiempos, la nostalgia es algo muy presente en la sociedad japonesa y les da mucho miedo cambiar de trabajo, pero cada vez menos. Pero por lo general, siento que aceptan con más facilidad la transitoriedad de todo lo que nos rodea, tienen el Shogyoumujou しょぎょうむじょう 諸行無常 en sus mentes. Las enseñanzas de Siddharta, de Buddha:

“Si pensamos detenidamente en el cambio, este nos enseña que debemos disfrutar de nuestras experiencias sin aferrarnos a ellas. Para disfrutarlas, para aprender lo máximo de ellas, tenemos que apreciar su intensidad al máximo en el momento presente siendo 100% conscientes de que pronto terminará y tendremos que aprovechar, disfrutar, abrazar cualquier cosa que venga después.”

“Aprender sobre el cambio nos enseña a tener esperanza. Porque el cambio está dentro de la naturaleza de las cosas, nada es fijo, ni siquiera nuestra identidad. No importa lo mala que sea la situación actual, todo es posible. Podemos hacer cualquier cosa que queramos, podemos crear cualquier mundo en el que queramos vivir y podemos convertirnos en cualquier que queramos ser.”

Fijaos en lo diferentes que son las palabras de Buddha a las de Ulises. Buddha nos anima a vivir el momento y a aceptar el flujo del tiempo, por el contrario Ulises desea permanecer en la eternidad. Irónicamente, aunque a Buddha seguramente le daba totalmente igual ser recordado en el futuro, también lo consiguió al igual que Ulises. En las palabras de Buddha también se remarca que el cambio es algo positivo porque nos da siempre esperanzas que de podemos cambiar a mejor. Mientras que las palabras de Ulises transmiten nostalgia, transmiten que el momento en el que Ulises vivió es prácticamente inmejorable “Déjales que digan que viví en los tiempos de Héctor. Déjales que digan que viví en los tiempos de Aquiles”. Ulises niega el paso del tiempo, quiere congelar el que considera es el mejor momento del universo.

Ulises, obsesionado con la PERMANENCIA, diría: “¿Resonarán tus acciones a través de las centurias?
Buddha, obsesionado con la IMPERMANENCIA, diría: “Disfruta el sabor de tu experiencia del presente y sabiendo que va este presente cambiar actúa para crear felicidad a largo plazo

Destaco “crear felicidad a largo plazo” porque muchos estaréis pensando que con tanto cambio lo suyo sería disfrutar de los placeres de la vida sin pensar en las consecuencias. Las enseñanzas de Buddha dicen totalmente lo contrario, los placeres humanos no conducen a la felicidad a largo plazo (Por ejemplo: comida deliciosa o sexo), hay que actuar pensando en construir felicidad a largo plazo, por ejemplo siendo empáticos y compasivos con la gente de tu alrededor.

El occidente también se está extendiendo últimamente la idea de aceptar transitoriedad, sobre todo en las grandes ciudades, donde la vida de la gente cambia mucho más rápido en pueblos, donde la gente cambia de casa cada dos por tres, donde la gente apenas tiene objetos en casa y simplemente van creciendo como personas a través de aprendizaje y experiencias. “Wear sunscreen” es un vídeo que incluye muchos de los conceptos fundamentales del Shogyoumujou しょぎょうむじょう 諸行無常 del Budismo:”

 

Wear sunscreen

“La transitoriedad, el Shogyoumujou del universo es inevitable y conocida por todos, pero la forma de afrontarla es diferente según la cultura. En occidente intentamos desesperadamente combatir contra el cambio, mientras que en Japón se intenta aceptar ese cambio y a aprender a vivir con él. Son diferentes formas de considerar un hecho, y esa forma de considerar el hecho está en nuestras mentes, ha entrado en nuestras cabezas al haber sido educados en cierta sociedad y entorno. En mi caso, las ideas de combatir el cambio están muy arraigadas en mi mente. Aunque parezca mentira me aterra el cambio, no me gusta la incertidumbre me gusta tener controlado lo que va a pasar después. A veces me preguntó como llegué a Japón sabiendo que me aterra tanto el cambio, seguramente mis ganas de descubrir mundo fueron mucho más grandes que mi miedo al cambio.

No se si es la experiencia, que me hago mayor o el vivir con japoneses, pero poco a poco estoy aprendiendo más a aceptar el cambio y a disfrutarlo. Antes no solía tirar nada, ahora me deshago de todo en cuanto puedo, por ejemplo, cuando leo un libro lo vendo o lo regalo, sólo vivo con los objetos que necesito. En España tenía obsesión por guardar y coleccionar todo. De hecho, este blog es también una consecuencia de mi obsesión por conservar las cosas que aprendo, por combatir contra el paso del tiempo y poder recordar en el futuro lo que me sentía y vivía en el pasado. Seguramente mi afición por la fotografía también es una consecuencia de mi obsesión por parar el tiempo, por capturar momentos de mi vida. Voy aprendiendo a ACEPTAR la transitoriedad de mi vida en vez de AFRONTARLA, en vez de bloquearme ante ella intento tomar acciones, en vez de PREOCUPARME ante el cambio inminente intento DISFRUTARLO/VIVIRLO, pero todavía me falta mucho por aprender.

Aceptar el cambio de objetos y cosas de a nuestro alrededor es relativamente fácil, me ha costado pero creo que he aprendido, pero aceptar el cambio en las personas con las que convives cada día, personas a las que amas, es mucho más difícil: los amigos, los compañeros de trabajo, la familia; ya sea porque se mudan a un lugar lejano, porque las circunstancias de la vida te alejan de ellos o porque se despiden de este mundo. No se si podré aprender a aceptar este tipo de transitoriedad/Shogyoumujou en mi entorno por mucho que me esfuerce.

Lo curioso es que aunque me de miedo el cambio, una vez ha llegado el cambio a mi vida casi siempre es a mejor, nunca me he arrepentido en nada en esta vida y no creo que me arrepienta nunca de nada. ¿Y vosotros, ACEPTÁIS el cambio o lo AFRONTÁIS? ¿Os da miedo la transitoriedad continua en vuestras vidas? ¿Casi siempre vuestros cambios son a mejor o a peor?”

Fuente:  Transitoriedad – Shogyoumujou

1408 (Stephen King) (Segunda parte)

 

II
El objeto más interesante que quedó tras la breve estancia de Michael Enslin en la habitación 1408, de unos setenta minutos de duración, fueron los once minutos de cinta grabados en su minigrabadora, que resultó un poco chamuscada, pero no destruida, ni mucho menos. Lo más fascinante de la narración era que había muy poca narración y que cada vez se tornaba más extraña.
La minigrabadora era un regalo que su ex mujer, con quien aún se llevaba bien, le había hecho cinco años antes. En su primera «expedición» (la granja Rilsby, en Kansas), había decidido llevarla en el último momento, junto con cinco blocs de notas amarillos y un estuche de cuero lleno de lápices afilados. Tres libros más tarde, al llegar a la puerta de la habitación 1408, solo llevaba un bolígrafo, un cuaderno y cinco cintas vírgenes de noventa minutos además de la que había insertado en el aparato antes de salir de casa.
Había descubierto que la narración le resultaba más útil que tomar notas; de ese modo podía incluir anécdotas, algunas de ellas geniales, a medida que sucedían. Era el caso de los murciélagos que se habían abatido sobre él en el torreón presuntamente embrujado del castillo Gartsby. Había gritado como una nena en su primera visita al pasaje del terror. Los amigos que escuchaban la historia siempre se reían.
Asimismo, la minigrabadora era más práctica que las notas escritas, sobre todo cuando estabas en un gélido cementerio de New Brunswick y la lluvia y el viento te desmontaban la tienda a las tres de la madrugada. En tales circunstancias no podías tomar notas como Dios manda, pero sí hablar... que fue lo que hizo Mike, seguir hablando mientras pugnaba por liberarse de la lona mojada de la tienda, sin perder de vista ni por un instante el reconfortante ojo rojo de la máquina. A medida que pasaban los años y se sucedían las «expediciones», la minigrabadora se había convertido en su amiga. Nunca había grabado un informe de primera mano de un acontecimiento sobrenatural en la finísima cinta que se enrollaba a sus bobinas, y eso incluía sus entrecortados comentarios en la 1408, pero a decir verdad, no sorprendía que profesara tanto afecto al aparatito. Los camioneros de larga distancia llegaban a amar sus radios; los escritores mimaban un bolígrafo en particular o una vieja máquina de escribir; las mujeres de la limpieza profesionales detestaban desprenderse de su vieja Electrolux. Mike nunca había tenido que enfrentarse a un fantasma ni a un episodio psicocinético armado solo con la minigrabadora, su versión personal de la cruz y el ajo, pero le había hecho compañía durante muchas noches frías e incómodas. Era un hombre testarudo, pero no inhumano.
Sus problemas con la 1408 empezaron aun antes de entrar en ella.
La puerta estaba torcida.
No mucho, pero estaba torcida, ligerísimamente ladeada a la izquierda. En el primer momento le recordó a esas películas de terror en las que el director pretendía transmitir la inquietud de uno de sus personajes inclinando la cámara en las tomas de perspectiva. A esa asociación siguió otra, el aspecto de las puertas cuando estás en un barco y había mar gruesa. Se balanceaban adelante y atrás, a derecha e izquierda, cloc cloc, hasta que acababas por sucumbir a las náuseas. No es que él sintiera náuseas, qué va, pero...
Bueno, sí, un poco.
Y estaría dispuesto a admitirlo, aunque solo fuera por la insinuación de Olin de que su actitud le impedía ser justo en el sin duda subjetivo campo del periodismo de terror.
Mike se agachó, consciente de que la sensación de estómago revuelto desaparecía en cuanto dejó de mirar la puerta torcida, abrió la cremallera de la bolsa de viaje y sacó la minigrabadora. Al erguirse pulsó el botón de grabación, vio cómo se encendía el ojo rojo y abrió la boca para decir: «La puerta de la habitación 1408 nos da una bienvenida única; parece estar torcida, ligeramente ladeada hacia la izquierda».
Solo llegó a decir «La puerta». Si uno escucha la cinta, distingue ambas palabras con claridad, «La puerta», y luego el clic del botón de parada. Porque la puerta no estaba torcida, sino totalmente recta. Mike se volvió para mirar la puerta de la 1409, situada enfrente, antes de examinar de nuevo la de la 1408. Eran idénticas, blancas con placas doradas para el número y picaportes también dorados. Y totalmente rectas.
Mike se agachó otra vez, recogió la maletita con la mano en que sujetaba la minigrabadora, acercó la llave, que llevaba en la otra mano, a la cerradura, y volvió a detenerse.
La puerta estaba torcida de nuevo.
Esta vez hacia la derecha.
—Esto es absurdo —murmuró Mike.
Pero aquella leve náusea volvía a reptarle por el estómago. No era como un mareo; era un mareo. Había realizado la travesía a Inglaterra en el Queen Elizabeth II hacía un par de años, y una de las noches había sido tremenda. Lo que Mike recordaba con mayor claridad era estar tendido en la cama del camarote, siempre a punto de vomitar pero sin ser capaz de hacerlo. Y el hecho de que aquella sensación de vértigo y mareo empeoraba si mirabas hacia la puerta... una mesa... una silla... y todo se balanceaba... a derecha e izquierda... cloc cloc...
«Es culpa de Olin —pensó—. Esto es exactamente lo que quiere. Ha conseguido ponerte los nervios de punta, colega. Te ha tendido una trampa. Madre mía, cómo se reiría si te viera ahora...»
La idea se interrumpió en seco cuando Mike comprendió que, con toda probabilidad, Olin podía verlo. Miró atrás, hacia el ascensor, apenas consciente de que la leve náusea desaparecía en cuanto dejó de mirar la puerta. Encima y a la izquierda de los ascensores vio lo que esperaba, una cámara de circuito cerrado. Tal vez uno de los detectives del hotel lo estuviera observando en ese momento, y Mike apostaba algo a que Olin estaba con él y a que ambos se estarían partiendo el pecho. «Eso lo enseñará a no venir haciendo el fantasma con su abogado», diría Olin. «Mírelo —respondería el de seguridad sin dejar de reír—. Está más blanco que un espectro, y eso que todavía no ha metido la llave en la cerradura. ¡Lo ha pillado, jefe! ¡Tocado y hundido!»
«Y una mierda —pensó Mike—. Pasé la noche en la casa de los Rilsby, dormí en la habitación donde habían sido asesinados al menos dos de ellos, y dormí bien, sí señor, se lo crea o no. Pasé una noche junto a la tumba de Jeffrey Dahmer y otra a dos lápidas de la de H. P. Lovecraft. Me cepillé los dientes junto a la bañera donde se supone que sir David Smythe ahogó a sus dos esposas. Hace mucho tiempo que los cuentos de miedo no me asustan, así que tampoco usted conseguirá asustarme.»
Volvió a mirar la puerta, que había regresado a su posición original. Lanzó un gruñido, introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar. La puerta se abrió, y Mike cruzó el umbral. La puerta no se cerró lentamente a su espalda mientras buscaba a tientas el interruptor de la luz, sumiéndolo en las tinieblas, además de que las luces del bloque de enfrente iluminaban la estancia. Encontró el interruptor, y cuando lo pulsó, la luz del techo, encerrada en una colección de ornamentos colgantes de cristal, se encendió, al igual que la lámpara de pie situada junto al escritorio, en el otro extremo de la habitación.
La ventana se encontraba sobre el escritorio, de modo que alguien que se sentara ante él a escribir podía interrumpir su trabajo y asomarse para contemplar la calle Sesenta y uno... o saltar a la calle Sesenta y uno, si le daba la vena. Salvo que...
Mike dejó la bolsa de viaje junto a la puerta, cerró esta y pulsó de nuevo el botón de grabación. La lucecita roja se encendió.
—Según Olin, seis personas han saltado por la ventana que estoy mirando —dijo—, pero yo no tengo intención de precipitarme desde el piso 14... perdón, desde el piso 13 del hotel Dolphin. En la parte exterior hay una rejilla de hierro o acero. Más vale prevenir que curar. La 1408 es lo que podría denominarse una suite. La estancia donde me encuentro tiene dos sillas, un sofá, un escritorio, un armario que seguramente contiene el televisor y tal vez un minibar. La moqueta es anodina, nada que ver con la del despacho de Olin. Lo mismo puede decirse del papel pintado. Es... un momento...
En ese momento, el oyente escucha otro clic al pulsar Mike el botón de parada. Toda la narración posee la misma cualidad entrecortada, tan distinta de las alrededor de ciento cincuenta cintas que obran en poder de su agente literario. Además, su voz se torna cada vez más distraída; no es la voz de un hombre haciendo su trabajo, sino de una persona perpleja que empieza a hablar sola sin darse cuenta. La naturaleza elíptica de la cinta y la creciente distracción verbal se combinan de un modo que inquieta a casi todos los oyentes. Muchos piden no escuchar la grabación hasta el final. Las palabras escritas sobre papel no logran transmitir con fidelidad la convicción creciente de que uno está escuchando a un hombre perder, si no el juicio, sí el contacto con la realidad convencional, pero incluso las meras palabras sugieren que algo estaba sucediendo.
Lo que Mike advirtió en aquel momento fueron los cuadros de las paredes. Había tres. Una dama vestida a la moda de los años veinte de pie en una escalera, un velero pintado al estilo de Currier & Ives y un bodegón con frutas, manzanas, naranjas y plátanos pintados en un desagradable matiz amarillo anaranjado. Las tres pinturas estaban enmarcadas en cristal y torcidas. Mike estuvo a punto de mencionar ese detalle en la grabación, pero... ¿qué tenían de peculiar tres cuadros ladeados? Que una puerta estuviera torcida, vale, eso sí tenía cierto encanto a lo gabinete del doctor Caligari. Pero la puerta no estaba torcida; eran sus ojos los que le habían jugado una mala pasada.
La mujer de la escalera se inclinaba hacia la izquierda, al igual que el velero, que mostraba a unos marineros británicos con pantalones acampanados asomados a la baranda para contemplar un banco de peces voladores. La fruta naranja amarillenta, que a Mike le dio la impresión de haber sido pintada a la luz de un sol ecuatorial sofocante, un sol de desierto de Paul Bowles, se inclinaba hacia la derecha. Aunque por lo general no era puntilloso, recorrió la habitación para enderezarlos. Verlos torcidos le produjo de nuevo cierto mareo, lo que no le extrañó. Uno se volvía susceptible a esa sensación, lo había descubierto en el Queen Elizabeth II. Le habían contado que si uno perseveraba para superar ese período de susceptibilidad acentuada, por lo general se adaptaba... se acostumbraba al vaivén del barco, como solía decirse. Mike no había navegado lo suficiente para acostumbrarse ni pensaba hacerlo. Se conformaba con estar acostumbrado a la firmeza de la tierra, y si enderezar los tres cuadros de la anodina salita de la habitación 1408 le calmaba el estómago, mejor para él.
El cristal de los marcos estaba polvoriento. Deslizó dos dedos por el bodegón, dejando dos líneas paralelas. Era un polvo grasiento, resbaladizo. Como la seda justo antes de pudrirse, fue lo que se le ocurrió, pero no tenía intención de grabar eso en la cinta. ¿Cómo iba él a saber qué tacto tenía la seda justo antes de pudrirse? Era una idea de borracho.
Una vez enderezados los cuadros, retrocedió y los observó uno a uno. La mujer vestida de fiesta junto a la puerta que conducía al dormitorio; el navío surcando uno de los siete mares a la izquierda del escritorio; y por último, aquellas frutas repugnantes y mal pintadas al lado del armario del televisor. Parte de él esperaba que se hubieran vuelto a torcer o que se torcieran mientras los miraba, porque eso era lo que sucedía en películas como House on Haunted Hill y en los episodios antiguos de La dimensión desconocida, pero seguían rectos, tal como los había colocado. Claro que tampoco le habría parecido sobrenatural ni paranormal que se torcieran, porque sabía por experiencia que la reversión formaba parte de la naturaleza de los objetos. La gente que dejaba de fumar (se tocó el cigarrillo que llevaba tras la oreja sin darse cuenta) tenía ganas de seguir fumando, y los cuadros que estaban torcidos desde que Nixon era presidente tenían ganas de seguir estando torcidos. «Y llevan aquí mucho tiempo, de eso no cabe duda —pensó Mike—. Si los descolgara de la pared, vería una zona más clara en la pared. O quizá saldrían insectos, como cuando levantas una piedra.»
Aquella idea era repugnante, aterradora, y fue seguida de la vívida imagen de unos bichos blancos y ciegos supurando del papel pintado pálido y hasta entonces protegido como pus viviente.
Mike levantó la minigrabadora, pulsó el botón de grabación y continuó.
—Desde luego, Olin ha desencadenado en mi cabeza todo un hilo de pensamientos... o más bien una cadena. Estaba empeñado en meterme el miedo en el cuerpo y lo ha conseguido. No pretendo...
¿Qué era lo que no pretendía? ¿Ser racista? Eso era absurdo, estaba confundiendo el tocino con la velocidad, el tocino no es kosher, qué tontería, no sabía por qué se le había ocurrido...
En ese momento, con voz clara y articulada a la perfección, Mike Enslin dice:
—Tengo que dominarme ahora mismo.
Y a ello sigue el clic del botón de parada.
Cerró los ojos y respiró hondo cuatro veces, aguantando cada vez la respiración durante cinco segundos antes de exhalar el aire. Nunca le había pasado nada semejante en las casas presuntamente encantadas, los cementerios presuntamente encantados ni los castillos presuntamente encantados. No era así como él imaginaba un lugar encantado. Más bien se sentía como si se hubiera metido drogas de bajísima calidad.
«Es culpa de Olin. Olin te ha hipnotizado, pero te vas a dominar. Vas a pasar la noche en esta habitación, y no solo porque es el mejor sitio que has visto en tu vida (dejando a un lado a Olin, estás a punto de conseguir la mejor historia de fantasmas de la década), sino sobre todo porque no permitirás que Olin te venza. Ni él ni su estúpida historia sobre las treinta personas que murieron aquí van a poder contigo. De las paridas ya te encargas tú, así que respira... inspira... espira. Inspira... espira. Inspira... espira.»
Continuó así durante unos noventa segundos y al abrir los ojos se encontraba bien. Los cuadros de la pared seguían rectos. Las fruta del bodegón seguían siendo de color naranja amarillento y más feas que nunca. Fruta del desierto, seguro. Si le hincabas el diente, sin duda te entraba una diarrea de órdago.
Pulsó el botón de grabación. El ojo rojo se encendió.
—He sentido un poco de vértigo —dijo mientras atravesaba la habitación hasta el escritorio y la ventana con su rejilla protectora—. Puede que sea la resaca del machaque de Olin, pero casi me ha parecido notar una presencia. —No sentía nada, pero una vez grabadas esas palabras en la cinta, podía escribir lo que le viniera en gana—. El aire está un poco enrarecido. No mohoso ni maloliente. Olin dice que airean la habitación en cada repaso, pero los repasos son rápidos y... sí, está enrarecido. Vaya, mira esto.
Sobre el escritorio había un cenicero, uno de esos pequeños de cristal que se ven en todos los hoteles del mundo. Contenía un sobre de cerillas sobre el que se veía una imagen del hotel Dolphin. En la puerta se veía a un sonriente portero ataviado con un uniforme anticuado, de esos con hombreras doradas de flecos y una gorra que habría encajado a la perfección en un bar de homosexuales, concretamente en la cabeza de un motero ataviado solo con un par de anillos vibradores de pene. Por la Quinta Avenida pasaban coches de otra época, Packards, Hudsons, Studebakers y Chryslers New Yorker con fisonomía de tiburón.
—Las cerillas del cenicero tienen aspecto de ser de 1955 más o menos —grabó Mike al tiempo que se las guardaba en el bolsillo de su camisa hawaiana de la suerte—. Me las quedo como recuerdo. Y ahora ha llegado el momento de respirar un poco de aire fresco.
Se oye un golpe cuando deja la minigrabadora, con toda probabilidad sobre el escritorio. Luego un silencio seguido de sonidos vagos y un par de gruñidos. A continuación otro silencio y por fin un chirrido.
—Lo conseguí —dice un poco apartado del micrófono—. Lo conseguí —repite en voz más alta—. La mitad inferior no quiere abrirse... es como si estuviera clavada... pero la mitad superior se ha abierto bien. Oigo el tráfico de la Quinta Avenida, y los cláxones me tranquilizan. Alguien toca el saxo, quizá delante del Plaza, que está en la acera de enfrente, a unas dos manzanas al sur. Me recuerda a mi hermano.
Mike se detuvo en seco y se quedó mirando el ojo rojo, que parecía mirarlo con expresión acusadora. ¿Su hermano? Su hermano estaba muerto, otro soldado caído en las guerras del tabaco. Pero enseguida se calmó. ¿Y qué? Él libraba las guerras de los fantasmas, de las que Michael Enslin siempre salía victorioso, mientras que Donald Enslin...
—En realidad, mi hermano fue devorado por los lobos un invierno en la autopista de Connecticut —exclamó con una carcajada antes de pulsar de nuevo el botón de parada.
La cinta contiene más texto, un poco más, pero esa es la última frase coherente... es decir, la última frase a la que puede adscribirse un significado claro.
Mike giró sobre sus talones y contempló los cuadros. Seguían colgados muy rectos, como buenos cuadros. Pero esa naturaleza muerta... ¡joder, qué fea era!
Pulsó el botón de grabación y pronunció dos palabras, «naranjas humeantes». Luego apagó de nuevo la minigrabadora y cruzó la estancia hasta la puerta del dormitorio. Se detuvo junto a la dama ataviada con traje de noche y sumergió la mano en la oscuridad, buscando a tientas el interruptor de la luz. Por un instante fugaz percibió algo
(como piel muerta)
raro en el papel pintado contra la palma de la mano antes de que sus dedos rozaran el interruptor. El dormitorio quedó bañado en la luz amarilla procedente de otro de esos apliques de techo sepultados entre chucherías de vidrio colgantes. La cama era de matrimonio y aparecía oculta por una colcha de color amarillo anaranjado.
—¿Por qué oculta? —preguntó Mike a la minigrabadora antes de detenerla.
Entró en el dormitorio, fascinado por el desierto humeante de la colcha, por las protuberancias tumorosas de las almohadas colocadas debajo. ¿Dormir allí? ¡Ni hablar del peluquín! Sería como dormir dentro de esa maldita naturaleza muerta, como dormir en esa espantosa habitación a la Paul Bowles que no llega a verse bien, una habitación para ingleses lunáticos expatriados y ciegos a causa de la sífilis, sorprendiendo mientras se tiraban a sus madres en una versión cinematográfica protagonizada por Laurence Harvey o Jeremy Irons, en fin, uno de esos actores a los que asociamos automáticamente a actos antinaturales...
Mike pulsó el botón de grabación y al ver el ojo rojo exclamó:
—¡Orfeo en el círculo de Orfeo!
Tras detener la grabadora se acercó a la cama. La colcha relucía con su brillo amarillo anaranjado. El papel pintado, tal vez color crema a la luz del día, reflejaba el matiz del cobertor. A cada lado del lecho había una pequeña mesilla de noche. Sobre una de ellas se encontraba el teléfono, un aparato negro, voluminoso y con dial. Los orificios para los dedos parecían ojos blancos abiertos con expresión sorprendida. Sobre la otra mesilla había un platillo con una ciruela.
—No es una ciruela de verdad; es de plástico —comentó Mike a la grabadora.
Sobre la cama yacía la carta del servicio de habitaciones. Mike avanzó a lo largo de la cama, procurando no tocar ni esta ni la pared, y cogió la carta. Intentó no tocar tampoco el cobertor, pero las yemas de sus dedos lo rozaron, arrancándole un gemido. Tenía una textura espeluznantemente suave. Aun así, cogió la carta. Estaba en francés, y si bien llevaba muchos años sin estudiar esa lengua, uno de los platos del desayuno parecía ser pajarillos asados en salsa de mierda. «Al menos eso suena a algo que los franceses serían capaces de comer», pensó con una carcajada ausente y lunática.
Cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos.
Ahora la carta estaba en ruso.
Cerró los ojos y volvió a abrirlos.
Ahora la carta estaba en italiano.
Cerró los ojos y volvió a abrirlos.
Ahora no había ninguna carta, sino un grabado en el que un niño pequeño miraba horrorizado de reojo al lobo que acababa de comerse su pierna izquierda hasta la altura de la rodilla. El lobo tenía las orejas pegadas al cráneo y parecía un terrier con su juguete favorito.
«No estoy viendo eso», pensó Mike. Y por supuesto, estaba en lo cierto. Sin cerrar los ojos empezó a ver pulcros renglones de palabras escritas en inglés que formaban suculentas sugerencias para el desayuno. Huevos, gofres, frutas rojas. Nada de pajarillos asados en salsa de mierda. Pero aun así...
Se volvió y muy despacio salió del estrecho hueco que separaba la cama de la pared, un espacio que ahora se le antojaba angosto como una tumba. El corazón le latía con tal violencia que lo sentía en el cuello y en las muñecas además del pecho. Los ojos le palpitaban en las órbitas. Algo espantoso pasaba en la 1408, desde luego que sí, algo absolutamente sobrecogedor. Olin había comentado algo relacionado con gas tóxico, y así se sentía Mike, como si lo hubieran gaseado u obligado a fumar hierba muy potente mezclada con insecticida. Por supuesto, todo era obra de Olin, a buen seguro con la risueña ayuda del personal de seguridad. Había bombeado su gas tóxico especial por las rejillas de ventilación. Que no viera ninguna rejilla de ventilación no significaba que no existieran.
Mike miró a su alrededor con los ojos muy abiertos por el miedo. No había ninguna ciruela sobre la mesilla de noche izquierda, ni tampoco ningún platillo. La mesilla estaba desnuda. Se volvió y echó a andar hacia la puerta de la salita, pero de pronto se detuvo. Había un cuadro colgado de la pared. No estaba del todo seguro... a decir verdad, en su estado no estaba seguro ni de su nombre, pero tenía la impresión de que no estaba allí cuando entró. Era una naturaleza muerta en la que se veía una sola ciruela sobre un platillo de hojalata en el centro de una vieja mesa. La luz que iluminaba la ciruela y el plato era de un febril amarillo anaranjado.
«Luz de tango —pensó—. La clase de luz que hace a los muertos levantarse de sus tumbas y ponerse a bailar el tango. La clase de luz...»
—Tengo que salir de aquí —murmuró al tiempo que salía disparado del dormitorio.
Se dio cuenta de que sus zapatos empezaban a emitir extraños sonidos, como si el suelo se hubiera ablandado.
Los cuadros del salón volvían a estar ladeados, y se habían producido otros cambios. La dama de la escalera se había bajado el corpiño del vestido, dejando los pechos al descubierto y sosteniéndose uno con la mano. De cada pezón brotaba una gota de sangre. Miraba de hito en hito a Mike con una sonrisa feroz que mostraba una dentadura afilada de caníbal. Junto a la barandilla del velero, los marineros habían dado paso a una hilera de hombres y mujeres muy pálidos. El último hombre de la izquierda, el más cercano a la proa, llevaba un traje de lana marrón y sostenía un bombín en la mano. Tenía el cabello engominado sobre la frente y con raya en medio. Mike sabía su nombre. Era Kevin O'Malley, el primer ocupante de aquella habitación, un vendedor de máquinas de coser que había saltado por la ventana en octubre de 1910. A la derecha de O'Malley estaban las demás personas muertas en la habitación, todas ellas con la misma expresión vacua y petrificada pintada en los ojos. Aquella expresión les confería un aspecto similar, como si fueran miembros de la misma familia endogámica y profundamente retrasada.
En el cuadro donde antes estuviera la fruta, ahora se veía una cabeza humana cortada. Las mejillas hundidas, los labios flácidos, los ojos vidriosos y vueltos hacia arriba, y el cigarrillo encajado tras la oreja derecha irradiaban luz amarilla anaranjada.
Mike corrió hacia la puerta, los zapatos emitiendo aquel chapoteo y adheriéndose un poco a cada paso. Por supuesto, la puerta no se abría. La cadena no estaba puesta y el cerrojo descorrido apuntaba hacia arriba como un reloj que diera las seis, pero la puerta no se abría.
Con respiración rápida y entrecortada, Mike dio la espalda a la puerta y vadeó... esa era la sensación que le producía, por la habitación hasta el escritorio. Veía las cortinas de la ventana que había abierto agitarse indolentes, pero no percibía aire fresco en el rostro. Era como si la habitación lo engullera. Aún oía los cláxones en la Quinta Avenida, pero parecían llegar desde muy lejos. ¿Todavía se oía el saxo? En tal caso, la habitación le había arrebatado toda dulzura y melodía, dejando solo un sonido monótono y penetrante, como el viento soplando a través de un orificio en la garganta de un muerto o una botella llena de dedos amputados o...
«Basta», se ordenó a sí mismo, pero ya no podía hablar. El corazón le martilleaba a un ritmo vertiginoso. Si se le seguía acelerando el pulso, le estallaría en el pecho. La minigrabadora, compañera fiel en tantas «expediciones de campo», había desaparecido de su mano. La había dejado en alguna parte. Si la había dejado en el dormitorio, probablemente ya no estaría; la habitación se la habría tragado. Una vez digerida, quedaría insertada en uno de los cuadros.
Jadeando como un corredor al final de una larga carrera, Mike se llevó la mano al pecho como si con ello pretendiera tranquilizar su corazón desbocado. Lo que tocó en el bolsillo izquierdo de la llamativa camisa que llevaba era el contorno de la grabadora. El contacto de algo sólido y conocido lo apaciguó un poco, lo hizo volver un poco en sí. Se percató de que estaba tarareando algo... y de que la habitación le respondía con otro tarareo, como si tras el repugnantemente suave papel pintado se ocultaran cientos de bocas. Sentía tales náuseas que tenía la sensación de que su estómago se balanceaba en una suerte de hamaca grasienta. El aire le golpeaba los oídos en coágulos blandos y sofocantes como un caramelo de café con leche reblandecido.
Pero se había recobrado un poco, lo bastante para estar seguro de una cosa, y era de que debía pedir ayuda antes de que fuera demasiado tarde. Imaginarse a Olin esbozando una sonrisita desdeñosa (aunque en su estilo respetuoso de director de hotel neoyorquino) y diciéndole que «se lo había advertido» no lo molestaba, y la posibilidad de que el propio Olin hubiera inducido tan extrañas percepciones y ese temor cerval que sentía mediante sustancias químicas se había borrado de su mente. La responsable era la habitación. La maldita habitación.
Quería alargar el brazo hacia el anticuado teléfono, gemelo del que había en el dormitorio, y levantar el auricular, pero en cambio vio que su brazo descendía hacia la mesa en enloquecedora cámara lenta, tan parecido al brazo de un submarinista que casi esperaba verlo rodeado de burbujas.
Cerró los dedos en torno al auricular y lo levantó. La otra mano se extendió tan despacio como la primera y marcó el 0. Al llevarse el auricular al oído oyó una serie de chasquidos mientras el dial volvía a su posición original. Sonaba igual que La ruleta de la fortuna, ¿quiere hacerla girar o resolver el acertijo? Recuerda que si intenta resolver el acertijo y falla, será abandonado en la nieve junto a la autopista de Connecticut, donde los lobos lo devorarán.
No oyó ningún tono, sino una voz brusca que empezó a hablar sin más.
—¡Esto es el nueve! ¡El nueve! ¡Esto es el nueve! ¡El nueve! ¡Esto es el diez! ¡El diez! ¡Hemos matado a tus amigos! ¡Todos tus amigos han muerto! ¡Esto es el seis! ¡El seis!
Mike escuchaba con creciente espanto no por las palabras que pronunciaba la voz, sino por su tono rasposo y vacuo. No era una voz electrónica, pero tampoco humana. Era la voz de la habitación. La presencia que manaba de las paredes y del suelo, la presencia que le hablaba por teléfono, no se parecía en nada a ningún suceso espeluznante ni paranormal sobre el que hubiera leído jamás. Ahí había algo totalmente sobrenatural.
«No, aún no ha llegado, pero se acerca. Está hambriento, y tú eres su cena.»
El teléfono se le escurrió entre los dedos flojos y se volvió. El auricular se balanceaba al final del cable como su estómago dentro de su cuerpo, y seguía oyendo la voz ronca brotando de la negrura:
—¡Dieciocho! ¡Esto es el dieciocho! ¡Ponte a cubierto cuando suene la sirena! ¡Esto es el cuatro! ¡Cuatro!
Sin darse cuenta, cogió el cigarrillo que llevaba encajado detrás de la oreja, se lo puso entre los labios y sacó del bolsillo derecho de la camisa el sobre de cerillas con el portero de librea anticuada, ajeno al hecho de que, por primera vez en nueve años, acababa de decidir que iba a fumarse un pitillo.
Ante sus ojos, la habitación empezó a derretirse.
Se estaba saliendo de las líneas y los ángulos rectos, pero no para formar curvas, sino extraños arcos moriscos que dañaban los ojos. La araña de cristal que pendía del centro del techo empezó a desmoronarse como un enorme escupitajo. Los cuadros se curvaron como parabrisas de coches antiguos. Detrás del cristal que protegía el cuadro colgado junto a la puerta del dormitorio, la mujer de los años veinte con los pezones ensangrentados y la sonrisa de dientes afilados giró sobre sus talones y corrió escaleras arriba con los movimientos espasmódicos de una vampiresa de película muda. El teléfono seguía chirriando y escupiendo, la voz convertida ahora en la cacofonía de una maquinilla de afeitar eléctrica que hubiera aprendido a hablar.
—¡Cinco! ¡Esto es el cinco! ¡No hagas caso de la sirena! ¡Aunque salgas de la habitación, nunca podrás salir de la habitación! ¡Ocho! ¡Esto es el ocho!
La puerta del dormitorio y la que daba al pasillo se desmoronaron hacia abajo al tiempo que se ensanchaban en el centro para transformarse en portales para seres de contornos demoníacos. La luz se tornaba más brillante y ardiente, bañando la estancia en ese fulgor amarillo anaranjado. Veía desgarrones en el papel pintado, poros negros que se convertían rápidamente en bocas. El suelo se combó en un arco cóncavo, y de pronto lo oyó acercarse, el morador de la habitación detrás de la habitación, la cosa de la pared, el dueño del zumbido cacofónico.
—¡Seis! —chilló el teléfono—. ¡Seis, esto es el seis, el puto SEIS!
Bajó la mirada hacia el sobre de cerillas que tenía en la mano, el que había sacado del cenicero del dormitorio. El estrafalario portero, los coches antiguos con sus enormes parrillas cromadas... y unas palabras en la parte inferior que llevaba mucho tiempo sin ver porque ahora las fabricaban con la tira abrasiva al dorso.
CERRAR TAPA ANTES DE ENCENDER.
Sin pensar en lo que hacía, porque ya no podía pensar, Mike Enslin arrancó una cerilla y al mismo tiempo dejó caer el cigarrillo que tenía en la boca. Encendió la cerilla y tocó con ella toda las demás. Oyó el característico silbido susurrado, percibió un penetrante olor a azufre que le taladró la cabeza como una nube de sales olorosas y vio la brillante llama colectiva. Y de nuevo sin pensar, Mike se acercó la llama a la pechera de la camisa. Era una prenda barata fabricada en Corea, Camboya o Borneo, ya vieja, que prendió de inmediato. Antes de que el fuego ascendiera hasta sus ojos y emborronara aún más la habitación, Mike lo vio con claridad, como un hombre que despierta de una pesadilla y se da cuenta de que la pesadilla lo envuelve.
Tenía la mente despejada, pues el azufre y el calor repentino que desprendía la camisa lo habían arrancado del trance, pero la habitación conservaba su demencial aspecto morisco. «Morisco» no era la palabra adecuada, ni de lejos, pero era la única capaz de captar siquiera remotamente lo que había sucedido allí... lo que seguía sucediendo. Se hallaba en una cueva medio derretida y descompuesta de curvaturas e inclinaciones alucinantes. La puerta del dormitorio se había transformado en la puerta de una cámara sepulcral. A su izquierda, donde antes estuviera el cuadro de la fruta, la pared se abombaba hacia él, reventando en largas grietas en forma de bocas y dando paso a un mundo del que algo se aproximaba. Mike Enslin oía su aliento líquido, ávido, y olía algo vivo y peligroso, algo parecido a la casa de los felinos en el...
El fuego le quemó el mentón y desterró todo pensamiento. El calor que ascendía desde la camisa en llamas lo acercó de nuevo al mundo, y cuando percibió el olor a frito de su vello al arder, Mike corrió de nuevo por la alfombra combada hacia la puerta del pasillo. De la pared manaba un zumbido como de insecto. La luz amarilla anaranjada se intensificaba por momentos, como si una mano hiciera girar el dial de un reostato invisible. Pero esta vez, cuando alargó la mano e hizo girar el pomo de la puerta, esta se abrió. Era como si la cosa que acechaba tras la pared abombada no quisiera saber nada del hombre envuelto en llamas; tal vez no le gustaba la carne cocida.
III
Una famosa canción de los años cincuenta considera que el amor domina el mundo, pero con toda probabilidad, es la casualidad la que corta el bacalao. Rugus Dearborn, que aquella noche se alojaba en la habitación 1414, cerca de los ascensores, era un comercial de la empresa de máquinas de coser Singer y había viajado desde Texas para negociar su ascenso a un puesto de ejecutivo. Fue así como, unos noventa años después de que el primer ocupante de la 1408 se precipitara al vacío desde la ventana, otro vendedor de máquinas de coser salvó la vida del hombre que había acudido al hotel para escribir sobre la habitación supuestamente maldita. O quizá se trate de una afirmación exagerada; tal vez Mike Enslin se habría salvado aun cuando nadie, en especial un tipo que se dirigía al expendedor de hielo, hubiera estado en el pasillo en aquel preciso instante. Pero que tu camisa sea pasto de las llamas no es ninguna insignificancia, y a buen seguro habría sufrido quemaduras mucho más numerosas y graves de no ser por Dearborn, que pensó deprisa y actuó aún más rápido.
A decir verdad, Dearborn jamás llegó a recordar con exactitud qué ocurrió. Tejió un relato bastante coherente para los periódicos y las cámaras de televisión (la idea de convertirse en un héroe le gustaba mucho y, desde luego, resultó beneficiosa para sus aspiraciones profesionales) y recordaba con toda claridad haber visto un hombre en llamas salir de estampida al pasillo, pero a partir de ese instante todo era confuso. Pensar en ello era como intentar reconstruir los hechos acaecidos durante la borrachera más espectacular de tu vida.
De una cosa sí estaba seguro, aunque no se la contó a ningún periodista, porque carecía de sentido. Los gritos del hombre en llamas parecían aumentar de intensidad, como si fuera un equipo de música al que le estuvieran subiendo el volumen. Estaba allí, delante de Dearborn, y el timbre del grito no cambió en ningún momento, pero sí el volumen, como si aquel hombre fuera un objeto increíblemente ruidoso que acabara de llegar allí.
Dearborn corrió por el pasillo con el cubo lleno de hielo en la mano. El hombre en llamas («solo ardía su camisa, lo advertí enseguida», según relató a los periodistas) chocó contra la puerta de enfrente, rebotó, se tambaleó y cayó de rodillas. Fue entonces cuando Deaborn llegó junto a él. Apoyó el pie en el hombro quemado de la camisa para tenderlo sobre la moqueta del pasillo y vertió el contenido del cubo sobre su cuerpo.
Aquellos detalles permanecían borrosos en su memoria, pero aún los recordaba. Se percató de que la camisa en llamas parecía despedir demasiada luz, una intensa luz amarilla anaranjada que le recordó un viaje a Australia que había hecho con su hermano dos años antes. Habían alquilado un cuatro por cuatro para adentrarse en el Gran Desierto australiano (los escasos nativos lo llamaban el Gran Cabrón australiano, según descubrieron los hermanos Dearborn), un viaje alucinante, genial, pero algo sobrecogedor. Sobre todo ese peñasco en el medio, Ayers Rock. Habían llegado allí a la puesta de sol, y la luz que se reflejaba en sus caras humanoides era como aquella... ardiente y extraña... tan distinta a lo que uno describiría como luz natural...
Se dejó caer junto al hombre en llamas, convertido ahora en el hombre humeante, el hombre cubierto de cubitos de hielo, y le dio la vuelta para sofocar las llamas que lamían la espalda de la camisa. Fue entonces cuando comprobó que la piel del lado izquierdo de su cuello había adquirido un matiz rojo, burbujeante y humeante, y que el lóbulo de su oreja se había derretido en parte, pero por lo demás... por lo demás...
Dearborn alzó la mirada y tuvo la impresión... era una locura, pero tuvo la impresión de que la puerta de la habitación de la que acababa de salir el hombre estaba bañada en la luz ardiente de una puesta de sol australiana, la luz abrasadora de un lugar desierto donde podían morar cosas que ningún ser humano había visto. Era una luz espeluznante, al igual que el zumbido grave, como una tijera eléctrica intentando hablar a toda costa, pero también resultaba fascinante. Se sentía arrastrado hacia ella, deseoso de averiguar qué ocultaba.
Tal vez Mike salvara a su vez la vida de Dearborn. Desde luego, advirtió que Dearborn se erguía, como si Mike ya no le interesara, y que su rostro estaba bañado en el fulgor palpitante de la luz procedente de la 1408. Más tarde recordaría aquel detalle mejor que el propio Dearborn, pero por supuesto, Rufe Dearborn no se había visto obligado a inmolarse para salvar el pellejo.
Mike agarró el dobladillo de los pantalones de Dearborn.
—No entre allí—advirtió con voz ronca por el humo—. Si entra no volverá a salir.
Dearborn se detuvo y contempló el rostro enrojecido y surcado de ampollas del hombre tendido sobre la moqueta.
—Está maldita —prosiguió Mike.
Y como si aquellas palabras fueran un talismán, la puerta de la 1408 se cerró de golpe, borrando la luz y ese terrible zumbido que casi parecía un lenguaje.
Rufus Dearborn, uno de los empleados más destacados de Máquinas de Coser Singer, corrió hacia los ascensores y activó la alarma de incendios.
IV
Hay una fotografía interesante de Mike Enslin en Tratamiento de quemados: Enfoque diagnóstico, cuya decimosexta edición apareció unos dieciséis meses después de la breve estancia de Mike en la habitación 1408 del hotel Dolphin. La imagen muestra tan solo su torso, pero es Mike, sin lugar a dudas. Se sabe por el cuadrado blanco situado en el lado izquierdo de su pecho. La piel que lo rodea es de color rojo intenso, con ampollas correspondientes a quemaduras de segundo grado en algunos puntos. El cuadrado blanco marca el bolsillo izquierdo de la camisa que llevaba aquella noche, la camisa de la suerte en cuyo bolsillo llevaba la minigrabadora.
La minigrabadora se derritió un poco en las esquinas, pero aún funciona, y la cinta que contenía sigue intacta. Lo que no está nada bien es la grabación en sí. Tras escucharla tres o cuatro veces, el agente de Mike, Sam Farrell, la guardó en su caja fuerte, intentando hacer caso omiso de la piel de gallina que cubría sus brazos escuálidos y bronceados. Farrell no siente ningún deseo de sacarla de allí y ponerla de nuevo ni para él, ni para sus amigos curiosos, algunos de los cuales matarían sin dudarlo por oírla. El mundo editorial de Nueva York es una comunidad reducida, y los rumores se propagan con rapidez.
No le gusta la voz de Mike en la cinta, no le gusta las cosas que dice («En realidad, mi hermano fue devorado por los lobos un invierno en la autopista de Connecticut...» ¿Qué coño significa eso?), y sobre todo, no le gustan los sonidos de fondo que se oyen, una especie de susurro gorgoteante que a veces suena a ropa dando vueltas en una lavadora con demasiado detergente y a veces como esas viejas maquinillas eléctricas para cortar el pelo... y a veces como una voz.
Mientras Mike seguía ingresado en el hospital, un hombre llamado Olin, el director del puto hotel, por el amor de Dios, fue a pedir a Sam Farrell que le dejara escuchar la cinta. Farrell respondió que ni hablar, que hiciera el favor de largarse con viento fresco y de camino al tugurio donde trabajaba diera gracias a Dios por que Mike Enslin hubiera decidido no demandar ni al hotel ni a Olin por negligencia.
—Intenté convencerlo de que no entrara —murmuró Olin.
Como hombre que pasaba la mayor parte de la jornada laboral escuchando las quejas de viajeros cansados y clientes irascibles sobre todo lo humano y lo divino, desde las habitaciones hasta la selección de revistas en el quiosco, no se inmutó ante el enojo de Farrell.
—Hice cuanto estaba en mi mano. Si alguien pecó de negligencia aquella noche, señor Farrell, fue su cliente. No creía en nada. Una conducta muy insensata. Muy peligrosa. Tengo la sensación de que cambiará de actitud al respecto.
A pesar de la repugnancia que le causa la cinta, a Farrell le gustaría que Mike la escuchara, la validara, tal vez la utilizara como base para el lanzamiento de un nuevo libro. La peripecia de Mike da para un libro, Farrell lo sabe. No solo un capítulo ni un relato de cuarenta páginas, sino un libro entero, un libro capaz de vender más ejemplares que los tres libros de la serie Diez noches juntos. Y, por supuesto, no cree la afirmación de Mike, según la cual no solo ha dejado de escribir cuentos de fantasmas, sino de escribir en general. Los escritores dicen eso de vez en cuando. Los arrebatos ocasionales de prima donna forman parte de la esencia de un escritor.
En cuanto a Mike Enslin, ha tenido suerte dadas las circunstancias y lo sabe. Podría haber sufrido quemaduras mucho más graves. De no ser por el señor Dearborn y su cubo de hielo, podría haber acabado con veinte o treinta injertos de piel en lugar de solo cuatro. Aún tiene cicatrices en el cuello a pesar de los injertos, pero los médicos del Instituto de Quemados de Boston le aseguran que se irán desvaneciendo por sí solas. También sabe que las quemaduras, pese a dolerle mucho las primeras semanas y meses, fueron ineludibles. De no ser por las cerillas con las PALABRAS CERRAR TAPA ANTES DE ENCENDER escritas en la parte anterior, habría muerto en la 1408, y su final habría sido horripilante. Un forense tal vez habría dictaminado una embolia o un infarto, pero la causa real de la muerte habría sido mucho peor.
Muchísimo peor.
Asimismo, es afortunado por haber publicado tres libros de éxito sobre fantasmas y lugares encantados antes de topar con un lugar encantado de verdad, y también lo sabe. Puede que Sam Farrell no se crea que la carrera de Mike como escritor ha tocado a su fin, pero da igual, porque Mike está convencido por los dos. No es capaz ni de escribir una postal sin estremecerse de pies a cabeza y sentir unas profundas náuseas. En ocasiones, el mero hecho de ver un bolígrafo (o una grabadora) le hace pensar «Los cuadros estaban torcidos. Intenté enderezar los cuadros». No sabe qué significa esa idea. No recuerda los cuadros ni ninguna otra cosa de la 1408, y se alegra. Es una bendición. Últimamente anda mal de la tensión (los médicos le han comentado que las víctimas de quemaduras a menudo desarrollan problemas de hipertensión y lo medican), tampoco está bien de la vista (el oftalmólogo le ha recomendado empezar a tomar medicación también para eso), a menudo le duele la espalda, tiene la próstata engrosada... pero puede convivir con todas esas molestias. Sabe que no es la primera persona en escapar de la 1408 sin escapar en realidad, pues Olin intentó decírselo, pero no es el fin del mundo. Al menos no recuerda nada. A veces tiene pesadillas, a menudo, de hecho... casi cada puta noche, pero casi nunca las recuerda al despertar. Todo queda en una sensación de contornos redondeados, como las esquinas derretidas de su minigrabadora. Ahora vive en Long Island, y cuando el tiempo lo permite da largos paseos por la playa. Lo más que se ha acercado a articular lo que recuerda acerca de los setenta y tantos extraños minutos pasados en la 1408 fue durante uno de esos paseos.
—Nunca ha sido humano —murmuró en voz quebrada—. Los fantasmas... Los fantasmas al menos fueron humanos alguna vez. Pero aquella cosa de la pared... Aquella cosa...
Puede que con el tiempo mejore, es lo que le cabe esperar y lo espera. Puede que el tiempo lo disipe, como se disiparán las cicatrices de su cuello. Pero entretanto duerme con la luz del dormitorio encendida, para saber de inmediato dónde está cuando despierta de la pesadilla. Ha quitado todos los teléfonos de la casa. En algún lugar justo debajo del último confín que abarca su mente consciente, tiene miedo de que al descolgar el auricular, un zumbido inhumano le grite:
—¡Esto es el nueve! ¡Nueve! ¡Hemos matado a tus amigos! ¡Todos tus amigos están muertos!
Y cuando el sol se pone en las tardes despejadas, corre todas las cortinas y baja todas las persianas de la casa, y se sienta como en un cuarto oscuro hasta que el reloj le indica que la luz, hasta el último destello en el horizonte, se ha apagado sin asomo de duda.
No soporta la luz del atardecer.
Ese amarillo anaranjado, tan parecido a la luz del desierto australiano.

1408 (Stephen King)

Extraída del libro: "Todo es eventual: 14 relatos oscuros"
El cuento en el que se basaron para hacer la película del mismo nombre: 1408

Al igual que la popular historia sobre entierros prematuros, todo autor de cuentos de terror o suspense debería escribir al menos un relato sobre la habitación embrujada de la posada. He aquí mi versión del asunto. El único rasgo inusual es que nunca tuve intención de terminarla. Escribí las tres o cuatro primeras páginas como apéndice de mi libro Mientras escribo, con la intención de mostrar a los lectores cómo un relato pasa del primer al segundo borrador. Sobre todo, quería aportar ejemplos concretos de los principios sobre los que tanto había parloteado en el texto. Pero entonces sucedió algo fantástico; la historia me sedujo y terminé por acabarla. Creo que lo que nos asusta varía mucho de persona a persona (por ejemplo, nunca he entendido por qué las serpientes boomslang peruanas ponen la carne de gallina a determinadas personas), pero esta historia me dio miedo mientras la escribía. En un principio apareció en el marco de un recopilatorio de libros en audio titulado Bloom and Smoke, y la versión audio me asustó aún más. De hecho, me moría de miedo al escucharla. Pero las habitaciones de hotel son lugares espeluznantes por defecto, ¿no les parece? ¿Cuántas personas habrán ocupado esa misma cama? ¿Cuántas de ellas estaban enfermas? ¿Cuántas estaban perdiendo el juicio? ¿Cuántas estaban pensando en leer unos cuantos versículos de la Biblia del cajón de la mesilla antes de ahorcarse en el armario junto al televisor? Brrr. En cualquier caso, registrémonos, ¿les parece? Aquí tienen su llave... y tal vez les dé tiempo a reparar en cuál es el resultado de la suma de esos cuatro inocentes dígitos. Está al final del pasillo.

I
Mike Enslin estaba cruzando la puerta giratoria cuando vio a Olin, el director del hotel Dolphin, sentado en uno de los mullidos sillones del vestíbulo. Se le encogió el corazón. «Debería haberme traído al abogado —pensó—. Bueno, demasiado tarde.» Y aun cuando Olin hubiera decidido poner otro obstáculo entre Mike y la habitación 1408, la cosa tenía su lado bueno.
Olin estaba atravesando el vestíbulo con una de sus rollizas manos extendidas cuando Mike salió de la puerta giratoria. El Dolphin se encontraba en la calle Sesenta y uno, a la vuelta de la esquina de la Quinta Avenida, un establecimiento pequeño, pero elegante. Un hombre y una mujer ataviados con trajes de noche pasaron junto a Mike cuando este alargaba la mano para estrechar la de Olin tras cambiarse la maletita a la mano izquierda. La mujer era rubia, iba de negro, por supuesto, y la sutil fragancia floral de su perfume resumía la esencia de Nueva York. En el bar de la galería, alguien tocaba «Night and Day» como si pretendiera subrayar dicho resumen.
—Buenas noches, señor Enslin.
—Señor Olin, ¿hay algún problema?
El rostro de Olin aparecía contraído en una mueca de dolor. Por un instante paseó la mirada en torno al pequeño, pero elegante vestíbulo, como si buscara ayuda. En el mostrador del conserje, un hombre hablaba con su mujer de entradas para el teatro mientras el conserje los observaba con una sonrisita paciente. En la recepción, un hombre con el aspecto desaliñado de haber volado muchas horas en clase preferente comentaba su reserva con una mujer enfundada en un elegante traje negro que podría haber llevado para salir. Una escena de lo más normal en el hotel Dolphin. Había ayuda para todo el mundo menos para el pobre señor Olin, que había caído en las garras del escritor.
—Señor Olin... —repitió Mike.
—Señor Enslin, ¿podría hablar un momento con usted en mi despacho?
¿Por qué no? Sería beneficioso para el artículo sobre la habitación 1408, intensificaría el tono inquietante que los lectores de sus libros parecían adorar, y eso no era todo. Mike Enslin no había estado seguro hasta entonces a pesar de todas sus pesquisas, pero ahora sí. A Olin le daba verdadero miedo la habitación 1408 y lo que podía ocurrirle allí a Mike esa noche.
—Por supuesto, señor Olin.
Como buen anfitrión, Olin alargó la mano para cogerle la maleta.
—Permítame.
—No hace falta, gracias —declinó Mike—. Solo llevo una muda y el cepillo de dientes.
—¿Está seguro?
—Sí —asintió Mike—. La camisa hawaiana de la suerte ya la llevo puesta —explicó con una sonrisa—. Es la que tiene el repelente de fantasmas.
Olin no le devolvió la sonrisa, sino que lanzó un suspiro, un hombrecillo grueso con chaqué y corbata perfectamente anudada.
—Muy bien, señor Enslin, sígame.
El director del hotel se había mostrado vacilante en el vestíbulo, casi derrotado, pero en su despacho revestido con paneles de roble (el Dolphin había abierto sus puertas en 1910, tal vez Mike publicara sin beneficiarse de críticas positivas en las revistas ni los periódicos de la gran ciudad, pero hacía los deberes), Olin pareció recobrar la compostura. Una alfombra persa cubría el suelo. Dos lámparas proyectaban una suave luz amarilla, y sobre el escritorio, junto a una caja de puros, había una lámpara de sobremesa con pantalla verde de forma romboide. Y al lado de la caja de puros se apilaban los tres últimos libros de Mike Enslin. Ediciones de bolsillo, por supuesto, porque no habían salido en tapa dura. «Vaya, vaya, resulta que mi anfitrión también ha hecho los deberes», pensó Mike.
Se sentó ante la mesa. Esperaba que Olin se sentara frente a él, pero el director le dio una sorpresa al ocupar la silla contigua a la suya, cruzar las piernas e inclinarse sobre su pulcra barriguita para tocar la caja de puros.
—¿Un cigarro, señor Enslin?
—No, gracias, no fumo.
Olin desvió la mirada hacia el cigarrillo que Mike llevaba encajado tras la oreja derecha como un reportero bromista de antaño que se hubiera colocado el siguiente cigarrillo bajo el pase de prensa en la banda del sombrero.
El cigarrillo formaba parte de su ser hasta tal punto que por un momento no supo qué miraba el director. Al caer en la cuenta se echó a reír, cogió el cigarrillo, lo miró y alzó la vista hacia Olin.
—Hace nueve años que no me fumo ni uno —explicó—. Mi hermano mayor murió de cáncer de pulmón, y después de su muerte lo dejé. Esto de llevar el cigarrillo detrás de la oreja... —se encogió de hombros— en parte es por afectación y en parte por superstición, supongo, como la camisa hawaiana. O los cigarrillos que a veces se ven en las mesas o las paredes de alguna gente, metidos en una pequeña vitrina con un cartelito que dice ROMPER EL VIDRIO EN CASO DE EMERGENCIA. ¿La 1408 es de fumadores, señor Olin? Lo digo por si estalla una guerra nuclear.
—Pues sí.
—Estupendo —exclamó Mike con entusiasmo—. Una preocupación menos.
El señor Olin suspiró de nuevo, pero esta vez sin el matiz desconsolado que Mike había advertido en el vestíbulo. Sí, era por el despacho, dedujo. El despacho de Olin, su reducto especial. Aquella tarde, al acudir Mike acompañado de Robertson, el abogado, el señor Olin también había parecido menos incómodo en el despacho. Tenía su lógica. ¿Dónde podía sentirse uno al mando sino en su reducto especial? El despacho de Olin contaba con buenos cuadros en las paredes, una buena alfombra, buenos puros... Sin duda muchos directores habían hecho su trabajo en aquella estancia desde 1910; en su estilo era tan neoyorquino como la rubia del vestido negro sin tirantes, como la fragancia de su perfume y su promesa silenciosa de pulcro sexo neoyorquino a altas horas de la madrugada.
—Todavía no cree que pueda disuadirle de su empeño, ¿verdad?
—Sé que no puede —puntualizó Mike al tiempo que volvía a encajarse el cigarrillo tras la oreja.
No se engominaba el cabello como aquellos pintorescos periodistas con sombrero de antaño, pero pese a ello cambiaba el cigarrillo cada día, al igual que se cambiaba de ropa interior. Detrás de las orejas también se sudaba; si lo examinaba al final del día antes de arrojar su cuerpo mortífero sin fumar al retrete, veía los residuos amarillentos del sudor en el fino papel blanco, lo cual no le daba ningunas ganas de encenderlo. Ahora era incapaz de entender cómo había podido fumarse entre treinta y cuarenta cigarrillos al día durante casi veinte años. El porqué era una pregunta aún más interesante.
Olin cogió la pila de libros que descansaban sobre el secante.
—Espero sinceramente que se equivoque.
Mike abrió la cremallera del bolsillo lateral de la maletita y sacó una minigrabadora Sony.
—¿Le importa si grabo nuestra conversación, señor Olin?
Olin agitó la mano, así que Mike pulsó el botón de grabación; la lucecita roja se encendió, y las bobinas empezaron a girar.
Entretanto, Olin leía los títulos de los libros. Como siempre que veía sus libros en manos de otras personas, Mike Enslin sentía un cúmulo de emociones encontradas. Orgullo, inquietud, diversión, desafío y vergüenza. No tenía por qué sentirse avergonzado de ellos, porque le habían permitido vivir muy bien durante los últimos cinco años, sin tener que compartir ningún porcentaje de los beneficios con ninguna casa editorial o «puta editorial», como las llamaba su agente, impulsado quizá en parte por la envidia, porque él mismo se encargaba del trabajo... Aunque después de vender tan bien el primer libro, hasta al más gilipollas se le habría ocurrido que después de Frankenstein solo puede hacerse La novia de Frankenstein.
Aun así, Mike había ido a Iowa para estudiar con Jane Smiley. En cierta ocasión había compartido mesa redonda con Stanley Elkin, y en tiempos había aspirado (ninguno de sus actuales amigos ni conocidos tenían la menor idea) a publicar poesía de altura. Y cuando el director del hotel se puso a leer los títulos en voz alta, Mike deseó no haber puesto en marcha la grabadora. Más tarde escucharía el tono mesurado de Olin y lo imaginaría teñido de desprecio. Se tocó el cigarrillo sin darse cuenta de ello.
—«Diez noches en diez casas embrujadas —leyó Olin—. Diez noches en diez cementerios embrujados. Diez noches en diez castillos embrujados.» —Alzó la mirada hacia Mike con una leve sonrisa—. Este le permitió ir a Escocia. Por no hablar del bosque de Viena. Y todo desgravable, ¿verdad? Al fin y al cabo, los embrujos son su negocio.
—¿Adónde quiere ir a parar?
—Se pone un poco susceptible con sus libros, ¿eh?
—Susceptible sí, pero no me hacen vulnerable. Si pretende convencerme para que me vaya de su hotel criticando mis libros...
—En absoluto. Era simple curiosidad. Envié a Marcel, el conserje diurno, a comprarlos hace un par de días, después de que viniera usted con su... petición.
—No fue una petición, sino una exigencia, y sigue siéndolo. Ya oyó al señor Robertson. La ley del estado de Nueva York, por no mencionar dos leyes federales de derechos civiles, le prohibe negarme una habitación en particular si yo la pido y está desocupada. Y la 1408 está desocupada. La 1408 siempre está desocupada.
Pero el señor Olin no tenía intención de dejarse apartar del tema de los tres últimos libros de Mike, superventas en las listas del New York Times, a fin de cuentas, y les echó el tercer vistazo. La tenue luz de las lámparas ponía de relieve sus brillantes cubiertas. Había mucho violeta en ellas; el violeta era el mejor color para vender libros de terror, habían asegurado a Mike.
—No he tenido ocasión de prestarles atención hasta esta tarde —comentó Olin—. He estado muy ocupado, como siempre. El Dolphin es un hotel pequeño para Nueva York, pero tenemos una tasa de ocupación del noventa por ciento, y por lo general cada cliente conlleva un problema.
—Como yo.
—En su caso, diría que usted conlleva un problema especial, señor Enslin —puntualizó Olin con una leve sonrisa—. Usted, el señor Robertson y todas sus amenazas.
Mike volvió a sentirse molesto. No había hecho ninguna amenaza, a menos que Robertson fuera una amenaza en sí mismo. Y se había visto obligado a recurrir a un abogado, al igual que una persona puede sentirse obligada a recurrir a una barra para forzar una cerradura oxidada que ya no se abre con llave.
«Pero la cerradura no es tuya», le advirtió una voz interior, aunque las leyes del estado y del país no opinaban lo mismo. Según las leyes, la habitación 1408 del hotel Dolphin era para él si la quería, siempre y cuando otra persona no la ocupara antes.
Se percató de que Olin lo observaba con la misma sonrisa, como si hubiera seguido palabra por palabra el diálogo interior de Mike. Era una sensación incómoda, y aquella conversación empezaba a antojársele inesperadamente incómoda también. Era como si estuviera a la defensiva desde que sacara la minigrabadora, con la que en realidad pretendía intimidar a su interlocutor.
—Si sus palabras tienen alguna finalidad, señor Olin, me temo que la he perdido de vista hace rato. He tenido un día agotador, de modo que si nuestra disputa por la habitación 1408 ha terminado, me gustaría subir y...
—He leído un... esto... ¿cómo los llama? ¿Ensayos? ¿Cuentos?
«Pagafacturas», los llamaba Mike, pero no tenía intención de decirlo en voz alta mientras la grabadora estuviera en marcha, por mucho que la cinta le perteneciera.
—Relatos —concluyó el propio Olin—. He leído un relato de cada libro. El de la casa Rilsby en Kansas del libro de las casas embrujadas...
—Ah, sí, los asesinatos del hacha—lo atajé.
Nunca habían cogido al tipo que había descuartizado a los seis miembros de la familia Rilsby.
—Exacto. Y el de la noche que pasó acampado sobre las tumbas de los amantes de Alaska que se suicidaron, los que la gente aún afirma ver por Sitka... y también la historia de la noche que pasó en el castillo Gartsby. A decir verdad, esa me hizo gracia, cosa que me sorprendió.
El oído de Mike estaba finamente sintonizado para distinguir cualquier matiz de desprecio aun en los comentarios más banales sobre la serie de Diez noches, y no le cabía duda de que a veces el desprecio que oía existía en realidad, porque pocos seres son más paranoicos que los escritores convencidos en el fondo de su corazón de que escriben basura, pero no le pareció detectar desprecio alguno en el tono de Olin.
—Gracias... supongo —dijo.
Bajó la mirada hacia la minigrabadora. Por lo general, su ojo rojo parecía observar al interlocutor como si lo desafiara a meter la pata, pero aquella noche parecía observar a Mike.
—Por supuesto, lo decía como cumplido —aseguró Olin, golpeteando los libros—. Espero tener oportunidad de acabarlos... pero por su forma de escribir. Es su forma de escribir lo que me gusta. Me sorprendió reírme al leer sus aventuras sobrenaturales en el castillo Gartsby, y también me sorprendió descubrir que es usted tan bueno, tan sutil. Esperaba descripciones más toscas.
Mike se preparó para lo que sin duda diría a continuación, alguna versión de «Qué hace una chica como tú en un lugar como este». Olin, el sofisticado director de hotel, anfitrión de mujeres rubias vestidas de negro, jefe de desgarbados hombres entrados en años que llevaban esmoquin y desgranaban las notas de viejos clásicos como «Night and Day» en el bar del establecimiento. Olin, que a buen seguro leía a Proust en sus noches libres.
—Pero también resultan inquietantes sus libros. Si no los hubiera visto, no creo que me hubiera molestado en esperarlo esta noche. En cuanto vi al abogado con su maletín, supe que estaba usted resuelto a pasar la noche en esa maldita habitación y que nada de lo que pudiera decirle lo disuadiría. Pero los libros...
Mike alargó la mano y apagó la minigrabadora; el ojito rojo empezaba a ponerle los nervios de punta.
—¿Quiere saber por qué me rebajo de esta manera? ¿Es eso?
—Supongo que lo hace por dinero —musitó Olin sin inmutarse—. Y en mi opinión, no se está rebajando, ni mucho menos, aunque es interesante que saque una conclusión tan precipitada.
Mike sintió que le ardían las mejillas. No, aquello no estaba transcurriendo ni mucho menos como había esperado. Jamás había apagado la grabadora en medio de una conversación. Pero Olin no era lo que parecía. «Me engañaron sus manos —pensó—. Esas manitas de director de hotel, rollizas y de manicura perfecta.»
—Lo que me inquietó... lo que me asustó, de hecho, fue encontrarme leyendo la obra de un hombre inteligente y con gran talento que no cree una sola palabra de lo que escribe.
Eso no era del todo cierto, pensó Mike. Había escrito unas dos docenas de historias que creía e incluso había llegado a publicar unas cuantas. Había escrito poemas en los que creía durante su primer año y medio en Nueva York, cuando malvivía con el mísero salario que cobraba en The Village Voice. Pero ¿creía que el fantasma decapitado de Eugene Rislby recorría su desierta granja de Kansas a la luz de la luna? No. Había pasado la noche en aquella granja, acampado sobre los sucios promontorios del suelo de linóleo que cubría la cocina, sin ver nada más aterrador que dos ratoncitos paseándose a lo largo del zócalo. Había pasado una calurosa noche de verano entre las ruinas del castillo de Transilvania donde se suponía que Vlad Tepes aún moraba; los únicos vampiros que aparecieron fueron los enjambres de mosquitos europeos. Durante la noche que había pasado junto a la tumba del asesino en serie Jeffrey Dahmer, una figura blanca y ensangrentada se abalanzó sobre el cuchillo en ristre, pero las risitas de los amigos del fantasma lo delataron, y de todos modos, Mike Enslin no se había asustado mucho; reconocía a un fantasma adolescente blandiendo un cuchillo de plástico en cuanto lo veía. Sin embargo, no tenía intención de contarle nada de todo aquello a Olin. No podía permitirse el lujo de...
Sí podía. La minigrabadora, un error de base, ahora lo comprendía, estaba guardada, y aquella conversación era todo lo oficiosa que podía ser una conversación. Además, empezaba a admirar a Olin de un modo perverso, y cuando admiras a un hombre, ansias contarle la verdad.
—No —confesó—. No creo en espíritus malvados, fantasmas ni monstruos. Me encanta que no existan, porque no creo que exista ningún buen Dios capaz de protegernos de ellos. Eso es lo que creo, pero siempre he estado abierto a todo. Puede que nunca gane el Pulitzer por investigar al fantasma ladrador en el cementerio de Mount Hope, pero habría escrito sobre él de forma justa si se me hubiera aparecido.
Olin dijo algo, una sola palabra pronunciada en voz tan baja que Mike no la oyó.
—¿Cómo dice?
—Que no —repitió Olin, mirándolo casi con aire de disculpa.
Mike suspiró. Olin lo consideraba un embustero. Cuando llegabas a ese punto, la única alternativa era poner toda la carne en el asador o retirarte de la discusión.
—¿Por qué no lo dejamos para otro día, señor Olin? Iré arriba, me cepillaré los dientes y quizá vea a Kevin O'Malley materializarse en el espejo del baño.
Empezó a levantarse de la silla, pero Olin levantó una de sus manos rollizas y cuidadas para detenerlo.
—No lo estoy tachando de mentiroso —aseguró—, pero usted no cree, señor Enslin. Los fantasmas rara vez se aparecen a quienes no creen en ellos, y cuando se aparecen, casi nunca los ven. Aunque Eugene Rilsby hubiera jugado a los bolos con su cabeza en el vestíbulo de su casa, usted no se habría enterado.
Mike se levantó y se inclinó para recoger la maletita.
—En tal caso, no tengo nada que temer de la habitación 1408, ¿verdad?
—No es cierto —replicó Olin—. No es cierto, porque en la habitación 1408 no hay fantasmas, nunca los ha habido. Hay algo, lo he sentido personalmente, pero no es un espíritu. En una casa abandonada o un castillo antiguo, su incredulidad puede protegerlo, pero en la habitación 1408, lo hará más vulnerable. No lo haga, señor Enslin. Por eso lo he esperado esta noche, para pedirle, para suplicarle que no lo haga. De todas las personas que no deben entrar en esa habitación, el hombre que escribió esos alegres y alimenticios relatos de fantasmas encabeza la lista.
Mike oyó y al mismo tiempo no oyó las palabras de Olin. «¡Y has apagado la grabadora! —se increpó—. Me avergüenza hasta conseguir que apague la grabadora y luego se convierte en Boris Karloff presentando The All-Star spook Weekend. A tomar por el culo, lo citaré de todos modos, y si no le gusta, que me demande.»
De repente ardía en deseos de subir no solo para pasar la noche en una habitación esquinera del hotel, sino también para escribir lo que Olin acababa de decir antes de que se le olvidara.
—Tómese una copa, señor Enslin.
—No, de verdad, no...
El señor Olin metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una llave colgada de una placa alargada de latón. El latón aparecía envejecido, arañado y deslustrado. Sobre él se veía grabado el número 1408.
—Se lo ruego, concédame diez minutos más de su tiempo, lo bastante para apurar un whisky corto, y le entregaré esta llave. Daría prácticamente cualquier cosa por disuadirlo, pero creo saber reconocer lo inevitable cuando lo tengo delante.
—¿Aún utilizan llaves tradicionales? —se sorprendió Mike— Qué agradable, le da un cierto sabor a viejo.
—El Dolphin incorporó el sistema de tarjetas magnéticas en 1979, señor Enslin, el año en que ocupé el cargo de director. La 1408 es la única habitación de la casa que sigue abriéndose con llave. No había necesidad de instalar una cerradura magnética porque nunca está ocupada; de hecho, la última vez que un cliente se alojó en ella fue en 1978.
—¡No me joda!
Mike volvió a sentarse, desenterró la minigrabadora y pulsó el botón de grabación.
—El director del hotel, el señor Olin, afirma que la 1408 no ha estado ocupada por ningún cliente de pago desde hace más de veinte años —dijo.
—Es una suerte que la habitación 1408 no haya necesitado nunca una tarjeta magnética, porque estoy totalmente convencido de que no funcionaría. Los relojes de pulsera digitales no funcionan en esa habitación. A veces van al revés y a veces se paran, pero en cualquier caso no se sabe qué hora es en la 1408. Lo mismo sucede con las calculadoras de bolsillo y los teléfonos móviles. Si lleva busca, señor Enslin, le recomiendo que lo apague, porque una vez entre en la 1408, empezará a sonar cuando le venga en gana... Aunque a decir verdad, apagarlo tampoco garantiza nada —añadió tras una pausa—, porque puede que vuelva a encenderse solo. El único remedio es quitar las pilas.
Dicho aquello pulsó el botón de parada de la grabadora sin comprobar si era el correcto. Mike suponía que utilizaba un modelo similar para dictar memorándums.
—De hecho, señor Enslin, el único remedio seguro es no entrar en la habitación.
—No puedo hacer eso —replicó Mike al tiempo que guardaba una vez más el aparato—, pero sí puedo tomarme esa copa antes de subir.
Mientras Olin servía el whisky en el mueble bar de roble situado bajo un óleo que mostraba la Quinta Avenida a principios de siglo, Mike le preguntó cómo sabía que los aparatos electrónicos no funcionaban en la 1408 si la habitación no se ocupaba desde 1978. —No me refería a que nadie hubiera entrado en ella desde 1978 —puntualizó Olin—. Para empezar, las empleadas de la limpieza le dan un repaso una vez al mes, lo que significa...
Mike, que llevaba cuatro meses trabajando en Diez habitaciones de hotel embrujadas, lo interrumpió.
—Sé lo que significa.
Un repaso en una habitación desocupada significaría abrir las ventanas para airearla, quitar el polvo, echar limpiador azul en el inodoro y cambiar las toallas. Probablemente no se cambiarían las sábanas en un repaso. Se dijo que quizá debería haberse llevado el saco de dormir.
Mientras cruzaba la alfombra persa con las copas en las manos, Olin pareció leerle el pensamiento.
—Las empleadas han cambiado las sábanas esta misma tarde, señor Enslin.
—¿Por qué no me llama Mike?
—No me sentiría cómodo —objetó Olin al tiempo que le alargaba el vaso—. Por usted.
—Y por usted —brindó Mike, levantando el vaso con la intención de tocar el de Olin, pero este lo retiró.
—No, por usted, señor Enslin, insisto. Esta noche, ambos deberíamos brindar por usted. Va a necesitarlo.
Mike lanzó un suspiro e hizo entrechocar el vaso contra el borde del de Olin.
—De acuerdo, por mí. Quedaría usted perfecto en una película de terror, señor Olin. Podría representar el papel del viejo y lúgubre mayordomo que intenta ahuyentar a la joven pareja del castillo encantado.
—Es un papel que no me ha tocado representar demasiado a menudo, gracias a Dios —observó Olin mientras se sentaba—. La habitación 1408 no aparece en ninguna de las páginas web que tratan de lugares paranormales o parapsicológicos...
«Eso cambiará después de mi libro», pensó Mike, tomando un sorbo de whisky.
—... y ninguna de las rutas de fantasmas pasa por el hotel Dolphin, aunque sí por el Sherry-Netherland, el Plaza y el Park Lane. Hemos intentado llevar el asunto de la 1408 con la máxima discreción... si bien, por supuesto, la historia está al alcance del investigador afortunado y tenaz.
Mike se permitió esbozar una sonrisa.
—Veronique ha cambiado las sábanas —prosiguió Olin—. Yo mismo la acompañé. Debería sentirse halagado, señor Enslin; es casi como si le hubiera cambiado las sábanas un miembro de la realeza. Veronique y su hermana llegaron al Dolphin como camareras en 1971 o 1972. Vee, como la llamamos, es la empleada más veterana del hotel Dolphin; lleva aquí al menos seis años más que yo. Ahora es la gobernanta, y creo que la última vez que cambió unas sábanas fue hace seis años, pero eran ella y su hermana quienes se encargaban de repasar la 1408 hasta 1992 más o menos. Veronique y Celeste eran gemelas, y el vínculo existente entre ellas parecía hacerlas... ¿cómo expresarlo?, no inmunes a la 1408, pero sí iguales a ella, al menos durante los breves ratos necesarios para repasar la habitación.
—No irá a decirme que la hermana de Veronique murió en la habitación...
—No, no, por supuesto —se apresuró a responder Olin—. Dejó el hotel alrededor de 1988 por motivos de salud, pero no descarto que la 1408 tuviera algo que ver en el empeoramiento de sus trastornos mentales y físicos.
—Señor Olin, es importante que establezcamos una buena comunicación entre nosotros... Espero que no se ofenda si le digo que me parece una ridiculez.
Olin se echó a reír.
—Es usted muy testarudo para ser un estudioso del mundo etéreo.
—Se lo debo a mis lectores —señaló Mike con aire inocente.
—Supongo que podría haber dejado la 1408 tal como estaba —aventuró el director—, con la puerta cerrada, las luces apagadas, las cortinas corridas para que el sol no destiñera la alfombra, el menú del desayuno sobre la cama... pero no soporto la idea de que el aire se enrarezca como en un desván, de que el polvo se acumule hasta transformarse en bolas. ¿En qué me convierte eso, en un hombre puntilloso o en un obsesivo de tomo y lomo?
—En un director de hotel.
—Supongo que tiene razón. En cualquier caso, Vee y Cee se encargaron de repasar la habitación... muy por encima, eso sí, hasta que Cee se fue y Vee obtuvo su primer ascenso importante. A partir de entonces asigné la tarea a otras camareras por parejas, eligiendo siempre a dos que se llevaran bien...
—Con la esperanza de que el vínculo las protegiera de los monstruos.
—Sí, con la esperanza de que el vínculo las protegiera de los monstruos. Y puede burlarse de los monstruos de la 1408 cuanto quiera, señor Enslin, pero percibirá su presencia en cuanto entre, ya lo verá. Sea lo que sea lo que hay en esa habitación, no es tímido precisamente. En muchas ocasiones, siempre que podía, de hecho, acompañaba a las camareras para supervisarlas. —Hizo una pausa antes de añadir casi a regañadientes—: Para sacarlas de allí, supongo, si empezaba a suceder algo horrible. Pero nunca sucedió nada. Varias de ellas sufrieron crisis de llanto, una tuvo un ataque de risa... No sé por qué una persona que ríe sin poder controlarse ha de dar más miedo que una que llora, pero así es... Y otras se desmayaron. Nada espectacular, en definitiva. A lo largo de los años tuve oportunidad de hacer unos cuantos experimentos primitivos con buscas, teléfonos móviles y demás, pero tampoco pasó nada terrible. Gracias a Dios... —Se detuvo de nuevo y al poco agregó con voz extraña, como desprovista de emoción—: Una de ellas se quedó ciega.
—¿Qué?
—Se quedó ciega. Rommie van Gelder. Estaba quitando el polvo del televisor y de repente empezó a gritar. Le pregunté qué le pasaba, y ella dejó caer el paño, se llevó las manos a los ojos y chilló que solo veía unos colores espeluznantes. Los colores desaparecieron en cuanto la saqué de la habitación, y cuando llegamos al ascensor ya había comenzado a recobrar la vista.
—Me está contando todo esto para asustarme, señor Olin, ¿verdad? Solo para asustarme.
—Ni mucho menos. Ya conoce usted la historia de la habitación, empezando por el suicidio de su primer ocupante.
Así era. Kevin O'Malley, vendedor de máquinas de coser, se había quitado la vida el 13 de octubre de 1910, dejando mujer y siete hijos.
—Cinco hombres y una mujer se han tirado por la única ventana de esa habitación, señor Enslin. Tres mujeres y un hombre se han tomado sobredosis de pastillas, dos fueron encontrados en la cama, dos en el baño, uno de ellos en la bañera y el otro desplomado sobre el retrete. Un hombre se ahorcó en el armario en 1970...
—Henry Storkin —atajó Mike—. Probablemente fue un accidente, asfixia erótica...
—Puede. Luego estaba Randolph Hyde, que se abrió las venas y luego se rebanó los genitales mientras se desangraba. Eso seguro que no fue asfixia erótica. La cuestión es, señor Enslin, que si un historial de doce suicidios en sesenta y ocho años no consigue disuadirlo de su empeño, no creo que los jadeos y soponcios de unas cuantas camareras lo detengan tampoco.
«Jadeos y soponcios», qué mono, pensó Mike, preguntándose si podía utilizarlo para el libro.
—Pocas de las parejas que han repasado la 1408 durante estos años quieren repetir —explicó Olin antes de apurar su copa con un pulcro sorbito.
—Salvo las gemelas francesas.
—Vee y Cee, cierto —asintió Olin.
A Mike le importaban bien poco las camareras y sus... ¿Cómo los había llamado Olin?: «Jadeos y soponcios». Lo había mosqueado un poco que Olin hubiera enumerado los suicidios, como si considerara a Mike lo bastante tonto para pasar por alto no ya su existencia, sino su importancia. Aunque en realidad, carecían de importancia. Tanto Abraham Lincoln como John Kennedy tenían vicepresidentes llamados Johnson; ambos nombres, Lincoln y Kennedy, tenían siete letras; ambos habían sido elegidos en años acabados en 60. ¿Qué demostraban todas esas coincidencias? Nada de nada.
—Los suicidios constituirán una sección magnífica de mi libro —aseguró Mike—, pero puesto que la grabadora está apagada, le diré que representan lo que una de mis fuentes, un estadístico, denomina «el efecto racimo».
—Charles Dickens lo llamaba «el efecto patata» —señaló Olin.
—¿Cómo dice?
—Cuando el fantasma de Jacob Marley habla por primera vez con Scrooge, este le dice que no puede ser otra cosa que un montoncito de mostaza o un pedacito de patata medio cruda.
—¿Se supone que es gracioso? —preguntó Mike con cierta frialdad.
—Nada de todo este asunto me hace gracia, señor Enslin. Nada en absoluto. Escúcheme con mucha atención, por favor. La hermana de Vee, Celeste, murió de un ataque al corazón. Por aquel entonces padecía la fase intermedia del Alzheimer, enfermedad que la atacó a una edad muy temprana.
—Pero su hermana está vivita y coleando, según lo que me ha dicho antes, la personificación del sueño norteamericano. También usted goza de buena salud, señor Olin, a juzgar por su aspecto, a pesar de haber entrado y salido de la 1408... ¿cien, doscientas veces?
—Pero siempre muy poco rato —puntualizó Olin—. Es como entrar en una habitación llena de gas venenoso. Si uno contiene el aliento, puede que no le pase nada. Veo que no le gusta la comparación. Sin duda la encuentra exagerada, ridícula tal vez. Sin embargo, a mí me parece muy acertada. —Unió las yemas de los dedos bajo el mentón—. También es posible que algunas personas reaccionen más pronto y de forma más virulenta a lo que habita esa habitación, al igual que algunos submarinistas son más propensos a contraer la enfermedad del buzo que otros. A lo largo de los casi cien años de actividad del Dolphin, el personal del hotel ha ido adquiriendo cada vez más consciencia de que la 1408 es una habitación envenenada. Se ha convertido en parte de la historia de la casa, señor Enslin. Nadie habla de ella, al igual que nadie menciona que aquí, como en la mayoría de los hoteles, el piso trece es en realidad el catorce... pero todo el mundo lo sabe. Si tuviéramos a nuestra disposición todos los datos de archivo relativos a la habitación, sin duda nos contarían una historia sobrecogedora... una historia demasiado inquietante incluso para sus lectores. Por ejemplo, estoy seguro de que en todos los hoteles de Nueva York se han producido suicidios, pero apostaría lo que fuera a que solo el Dolphin registra doce en una sola habitación. Y dejando a un lado el caso de Celeste Romandeau, ¿qué me dice de las muertes naturales acaecidas en la 1408?
—¿Cuántas ha habido?
La idea de las muertes naturales no se le había ocurrido siquiera.
—Treinta —repuso Olin—. Como mínimo. Treinta que yo sepa.
—¡Miente! —exclamó Mike sin poder contenerse.
—No, señor Enslin, se lo aseguro. ¿De verdad creía que mantenemos la 1408 cerrada por una simple cuestión de supersticiones de viejas o estúpidas tradiciones neoyorquinas? ¿Porque todos los hoteles antiguos y elegantes deben tener al menos un espíritu inquieto en la suite de las cadenas invisibles?
Mike Enslin reparó en que esa era precisamente la idea, una idea no expresada, pero latente, que motivaba su nuevo libro, y oír a Olin mencionarla con el desprecio de un científico ante un indígena supersticioso no contribuyó a aplacar sus ánimos precisamente.
—En el sector hotelero tenemos nuestras supersticiones y tradiciones, pero no permitimos que se interpongan en nuestro negocio, señor Enslin. En el Medio Oeste, donde empecé, hay un viejo dicho: «No hay habitaciones con corriente cuando los vaqueros están en la ciudad». Si tenemos habitaciones desocupadas, las llenamos. La única excepción a esa regla... y la única conversación como esta que he sostenido en mi vida... tiene que ver con la habitación 1408, una habitación en el piso 13 y cuyos dígitos suman 13.
Olin miró a Mike de hito en hito.
—Es una habitación no solo de suicidios, sino también de derrames cerebrales, infartos y ataques de epilepsia. Un hombre que ocupó la habitación en 1973 por lo visto se ahogó en un plato de sopa. Sin duda pensará que es absurdo, pero hablé con el director de seguridad del hotel, y él había visto el certificado de defunción. El poder de lo que sea que mora en la habitación parece debilitarse hacia mediodía, que es cuando van a repasarla, pero aun así sé de varías camareras que han repasado la habitación y ahora tienen problemas de corazón, enfisema o diabetes. Hace tres años tuvimos problemas con la calefacción, y el señor Neal, ingeniero encargado del mantenimiento en ese momento, tuvo que entrar en varias de las habitaciones para comprobar los radiadores, entre ellas la 1408. En apariencia no le pasó nada, ni en la habitación ni más tarde, pero la tarde siguiente murió de un derrame cerebral masivo.
—Casualidad —afirmó Mike.
Pero no podía negar que Olin era bueno. De haber sido monitor de campamentos, habría logrado ahuyentar al noventa por ciento de los críos después de la primera ronda de historias en torno a la hoguera.
—Casualidad —repitió Olin en un murmullo carente de desdén al tiempo que le alargaba la anticuada llave colgada de la anticuada placa de latón—. ¿Cómo anda del corazón, señor Enslin? Por no hablar de la tensión arterial y el estado mental...
Mike comprobó que le costaba un esfuerzo consciente levantar la mano, pero en cuanto la puso en movimiento desapareció el problema. La mano avanzó hasta la llave sin el más mínimo temblor en las yemas de los dedos.
—Perfectamente —aseguró, asiendo la deslustrada placa—. Además, llevo mi camisa hawaiana de la suerte.
Olin insistió en acompañar a Mike en ascensor hasta el piso 14, y Mike no protestó. Le resultó interesante observar que, una vez fuera del despacho, mientras caminaban por el pasillo hacia los ascensores, el hombre volvió a perder solidez para convertirse de nuevo en el pobre señor Olin, el desgraciado que había caído en las garras del escritor.
Un hombre vestido de esmoquin, Mike supuso que sería el director del restaurante o bien el maître, fue a su encuentro, entregó a Olin un fajo delgado de papeles y le murmuró algo en francés. Olin contestó también en un murmullo, asintió y garabateó su firma en los papeles. El pianista del bar tocaba ahora «Autumn in New York». Desde aquella distancia resonaba bastante, como música escuchada en sueños.
El hombre del esmoquin dijo «Merci bien» y siguió su camino. Mike y el director del hotel siguieron el suyo. Olin se ofreció de nuevo a llevarle la maleta, y Mike lo declinó otra vez. En el ascensor, Mike no pudo por menos de observar la pulcra hilera triple de botones. Todo parecía estar en su sitio, sin fisuras, pero si uno se fijaba bien, se daba cuenta de que faltaba algo. El botón del piso 12 iba seguido del botón del piso 14. «Como si pudieran hacer desaparecer el número simplemente con eliminarlo del panel del ascensor», pensó Mike. Qué tontería... pero Olin tenía razón; se hacía en todo el mundo.
—Hay algo que me inspira curiosidad —comentó Mike mientras la cabina del ascensor ascendía hacia su destino—. ¿Por qué no se limitó a inventar un residente ficticio para la habitación 1408 si tanto lo asusta? Ya puestos, ¿por qué no lo declara como su propia residencia, señor Olin?
—Supongo que me daba miedo que me acusaran de fraude, si no las personas responsables de hacer cumplir las leyes de derechos civiles estatales y federales —porque en el sector hotelero sentimos lo mismo hacia las leyes que sus lectores hacia el tintineo de cadenas en plena noche—, pues mis jefes, si se enteraban. Si no he conseguido disuadirle de entrar en la 1408, no creo que hubiera logrado convencer al consejo de administración de la Stanley Corporation de que retiré una habitación estupenda de la circulación porque creía que algo maligno impulsaba a algunos viajantes a saltar por la ventana y acabar hechos hamburguesa en la calle Sesenta y uno.
A Mike le parecieron las palabras más inquietantes que Olin había pronunciado hasta el momento.
«Porque ya no intenta convencerme —pensó—. Cualesquiera que sean sus dotes de vendedor en el despacho, quizá debidas a alguna vibración procedente de la alfombra persa, las pierde en cuanto sale. Sí, es competente, se ha notado cuando ha firmado los papeles del maître, pero no un buen vendedor. Carece de magnetismo personal cuando abandona su despacho. Pero se lo cree todo a pies juntillas.»
Sobre la puerta, el número 12 iluminado se apagó para dar paso al 14. El ascensor se detuvo, y la puerta se abrió a un pasillo de hotel corriente y moliente, con moqueta roja y dorada (no persa, desde luego) y apliques que imitaban los quinqués del siglo XIX.
—Ya hemos llegado —anunció Olin—. Su planta. Disculpe que me quede aquí. La 1408 está a su izquierda, al final del pasillo. A menos que sea estrictamente necesario, nunca paso de aquí.
Mike Enslin salió del ascensor con una sensación inusual de pesadez en las piernas. Se volvió para mirar a Olin, un hombrecillo grueso de chaqué negro y pulcra corbata color vino. El director tenía las cuidadas manos entrelazadas a la espalda, y Mike comprobó que estaba palidísimo. Su frente despejada y sin arrugas aparecía perlada de sudor.
—Por supuesto, la habitación tiene teléfono —continuó Olin—. Puede intentar usarlo si tiene problemas... aunque no creo que funcione si la habitación no quiere.
Mike intentó encontrar una réplica frívola sobre que eso le ahorraría la factura del servicio de habitaciones, pero de repente sentía la lengua tan pesada como las piernas y pegada a la parte inferior de la boca.
Olin sacó una mano de detrás de la espalda, y Mike vio que le temblaba.
—No lo haga, señor Enslin, por favor. Por el amor de Dios...
La puerta del ascensor se cerró sin darle tiempo a terminar la frase. Mike permaneció inmóvil un instante, en el perfecto silencio de hotel neoyorquino, en lo que nadie reconocía como el piso 13 del Dolphin, y contempló la posibilidad de pulsar el botón de llamada del ascensor.
Pero si lo hacía, Olin habría ganado, y además tendría un inmenso vacío en el lugar que debía ocupar el mejor capítulo de su libro. Tal vez los lectores no se enteraran, ni su editor, ni su agente, ni Robertson el abogado... pero él lo sabría.
Así que, en lugar de pulsar el botón de llamada, se llevó la mano a la oreja para tocar el cigarrillo con ese gesto distraído del que ya no era consciente y se puso bien el cuello de la camisa de la suerte. Luego echó a andar por el pasillo hacia la 1408, con la maletita oscilando a su lado.

(cont.)